El problema no es Instagram, TikTok o la próxima red social

Alejandra Canessa Botteselle
Ultimas columnas:
    404 Not Found

    Not Found

    The requested URL was not found on this server.

    Additionally, a 404 Not Found error was encountered while trying to use an ErrorDocument to handle the request.

¿Cuántas horas pasó tu hijo conectado ayer? ¿Y tú? La edad promedio en que un niño chileno recibe su primer celular es a los 9,7 años, pero más de la mitad ya había usado uno por primera vez antes de los 7. Y uno de cada dos adolescentes ha experimentado alguna forma de ciberacoso. Son datos de la Radiografía Digital 2025, un estudio reciente sobre infancia y tecnología en Chile desarrollado por Claro Chile y Criteria Research.

El Gobierno ha anunciado el envío de un proyecto de ley que buscaría limitar el acceso a redes sociales para menores de 16 años. Aún no se conocen sus detalles, por lo que cualquier evaluación definitiva sería apresurada. Pero que este tema haya entrado con fuerza en la agenda pública es, en sí mismo, una señal relevante.

Las experiencias internacionales confirman que la preocupación es transversal. Australia ya puso en marcha una ley con edad mínima de 16 años para ciertas plataformas, trasladando a estas mismas la responsabilidad de impedir cuentas de menores. Es un paso importante, aunque todavía no existe evidencia concluyente sobre sus efectos reales. Regular puede ser necesario. ¿Alcanza?

Cada vez hay más antecedentes sobre los efectos negativos del uso intensivo de redes sociales en niños y adolescentes. Pero ellos no llegaron a ese mundo: nacieron en él. Y los adultos tampoco estamos afuera. Somos parte del mismo entorno que hoy cuestionamos. Y no solo eso. También lo estamos validando. Les pedimos a los niños que regulen un entorno que nosotros mismos no hemos sido capaces de ordenar. Queremos que se desconecten en un mundo que no sabe desconectarse, que prefiere distraerse en un viral en vez de conversar con quien está al frente.

Pensar que la solución pasa únicamente por prohibir es quedarse corto. Incluso si se logra limitar el acceso, quedan preguntas que necesitamos responder con la misma urgencia con que buscamos regular: ¿qué ocurre con ese tiempo? ¿Quién acompaña? ¿Dónde va a estar ese niño o adolescente?

Aquí aparece algo que el debate suele ignorar. Para muchas familias -especialmente las más vulnerables- el celular no es solo un problema. También cumple una función concreta: entretiene, contiene, gana tiempo en medio de jornadas largas, turnos dobles en el trabajo y escasas redes de apoyo. No es irresponsabilidad. Es una respuesta racional a condiciones muy exigentes.

Ignorar eso lleva a políticas bien intencionadas que no llegan donde más se necesitan, y que terminan siendo más fáciles de cumplir para quienes ya cuentan con más recursos: acceso a actividades extracurriculares, adultos con tiempo disponible, espacios seguros donde estar.

Prohibir sin hacerse cargo de esa desigualdad no es solo insuficiente. Es injusto.

Si como sociedad avanzamos en limitar el acceso de niños y adolescentes a redes sociales, hay que hacerlo con coherencia: fortalecer la educación digital en los colegios, entregar herramientas reales a las familias para acompañar el uso de tecnología, abrir espacios seguros donde los niños puedan estar y exigir estándares más altos de responsabilidad a las plataformas. No como medidas complementarias, sino como parte central de cualquier respuesta seria.

El problema no es solo Instagram, TikTok o la próxima red social que alguien invente. El problema es qué tan solos están hoy los niños cuando entran ahí, o incluso cuando no están ahí.