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A 30 años del "año decisivo"

Las horas pasaron tensas, "espesas", pero resueltas, se alargaron más no se detuvieron, fueron dos días de una crucial prueba de fuerzas, entre las fuerzas civiles que pugnaban por el restablecimiento de la democracia y los grupos autoritarios de poder que, con el uso brutal de la fuerza, bregaban para prolongar la dictadura.

Fue el Paro Nacional de los días 2 y 3 de Julio de 1986, convocado por la Asamblea de la Civilidad, la entidad más representativa del arco social de las fuerzas anti dictatoriales, con vistas a forzar el término del régimen con la presión más intensa que las luchas populares hubieran desplegado.

En calles y poblaciones, en Santiago y regiones, en centros de trabajo y estudio, se expresó un inmenso reclamo democrático que demostró, que si bien el régimen no cayó, su estrategia -de imponer el tutelaje y domesticar al país- era derrotada paulatinamente. En esas jornadas de protestas se venció la sumisión y renació la voluntad de ser una nación de hombres y mujeres libres.

Pero gracias a la prensa oficial, que daba siempre a Pinochet como invencible, surgió el pesimismo, la desazón, la idea que a la dictadura no había como echarla abajo; efectivamente el régimen sobrevivió, pero ante el asedio de la civilidad democrática ya no iba a ser como antes, tanto esfuerzo y tesón de la lucha popular fueron capaces de tocarlo en sus cimientos. Los que le sostenían se pusieron nerviosos.

El régimen era aparentemente fuerte, pero tenía una "falla geológica", el modelo económico estaba en el suelo y la institucionalidad de la Constitución de 1980 no tenía legitimidad política ni social y, ese factor, iba aumentando y comenzaba a corroerlo, a socavarlo. La realidad ya no se podía ocultar. A la presión interna se sumaba un aislamiento internacional insoluble. Por ello, se hizo inevitable para las fuerzas castrenses tener que afrontar la dura prueba del Plebiscito, que se hiciera el 5 de octubre de 1988.

Sus bases de sustentación, dentro y fuera del país, percibieron la magnitud que había alcanzado el descontento social y la ilegitimidad del régimen. Si antes se cobijaban en el para asegurar sus patrimonios o ganar en riqueza, si la dictadura era garantía de control del poder, desde el inicio de las protestas nacionales la situación había cambiado, ahora debían mover recursos y energías en su apoyo.

Había concluido la paz de los cementerios y  desde el Chile profundo, desde el dolor, pero también desde una indoblegable vocación libertaria, se dibujaba un nuevo horizonte para Chile.

Por cierto, no falta el opinólogo, desconocedor o ajeno a la brega que entonces se libró, para quien fue el rol de Jaime Guzmán el que abrió paso a la transición en Chile.

Qué gran error. Entonces, la posición del fundador de la UDI, era respaldar incondicionalmente al dictador en todo lo que este decidiera, llegando incluso a la división política de la derecha en los meses anteriores al Plebiscito de 1988, por la sencilla razón que el plan de perpetuación bajo el mando de Sergio Fernández, exigía una fuerza civil de apoyo para lograr ser adecuadamente ejecutado.

Hay que reiterar y no cansarse de repetir, que en Chile fue posible la  recuperación democrática, porque hubo millones de hechos, acciones y manifestaciones sociales y políticas de oposición a la dictadura que fueron haciendo el camino necesario para transitar a la democracia. En esa ruta, el entendimiento estratégico de la oposición, fue fundamental para hacer viable una alternativa de gobierno civil al régimen castrense.

Una vez que la sumisión del país, aquella paz de los cementerios que denunciara el Cardenal Raúl Silva Henríquez, fuera dejada atrás, la ruta para reponer el Estado de Derecho debía construirse de acuerdo a las propias circunstancias en que fuera evolucionando el curso del proceso democrático. El Plebiscito de perpetuación de Pinochet dio ocasión para ello y millones de personas lo hicieron posible.

Esa fue la mayor participación social en la historia de Chile, aunque muchos hoy la subvaloran, o lisa y llanamente desprecian, y se deshacen en elogios hacia los grupos que rompen liceos y profanan iglesias, alegando que esa sería la verdadera movilización ciudadana.

En suma, Pinochet fue derrotado en su propia cancha. Los que reclaman, que por qué no se hizo así o asá, es decir, a gusto de cada cual, olvidan que en cada país, de acuerdo a su realidad se forja la historia, y esa es la que expresa el movimiento multitudinario de cada pueblo, con su propia identidad e idiosincrasia.

Cuando una voluntad de más de ocho millones de personas se organiza y levanta para inscribirse en los registros electorales y derrotar al dictador se trata de una voluntad nacional, cimentada por un esfuerzo político infatigable, de los que allí estaban con sus fortalezas y defectos, no hubo una inducción hecha desde "las alturas" ni una maquinación de las cúpulas.

Lógico, para que fuera posible esa victoria inigualable, se requirió una convergencia de las fuerzas sociales y políticas, pero una no manipulación o una especie de "gran acarreo" de una manada inconsciente como se ha llegado a insinuar, esa teoría de la elite ilustrada es imposible, y por sobretodo una ofensa inadmisible.

De modo que las consignas que se gritaron, las piedras que se lanzaron, los neumáticos que se quemaron, el sacrificio y el dolor de Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana, los panfletos que se repartieron, las golpizas que se soportaron, los miedos que se pasaron, todo al final, fue parte de ese esfuerzo supremo de la nación para rehacer en paz su convivencia quebrantada.

Que no se olviden esas horas difíciles, amargas muchas veces, que las víctimas sean honradas, que no se marchite la Memoria histórica, y que tan sublime tarea no reciba el pago de Chile y sea reconocida en todo su valor imperecedero.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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