A las faldas del Manquehue y a la derecha de Dios padre

Ayer el hijo del presidente hoy el del ministro de economía. Qué nos extraña, si esto siempre ha sido así. Siempre ha sido así para ellos. Es normal, estuvieron siempre rodeados de contactos, de redes, de pitutos, de élites... sus vidas giraron en torno a las clases privilegiadas, cuyos futuros estuvieron siempre pavimentados, desde la cuna o desde la sangre que corre por sus venas.

“…cuando era la rata el último peligro

de las tierras encarnizadas,

se asomó el vizcaíno con un saco,

el Errázuriz con sus alpargatas,

el Fernández Larraín a vender velas,

el Aldunate de la bayeta,

el Eyzaguirre, rey del calcetín.

Entraron todos como pueblo hambriento,

Huyendo de los golpes, del gendarme”. *

Ahí están desde siempre, primos, tíos, abuelos, padres y colegios caros, aunque más que caros, exclusivos, para juntarse con los suyos, no con los “otros”;  universidades de élite de cartones bien impresos, empresas top para reencontrarse con los viejos compañeros de colegio o de los mismos clubes, de los mismos barrios de las mismas fiestas, Y así en los directorios, es lógico, es normal, qué tiene de malo si siempre ha sido así, no hay maldad, no lo necesitan, están puestos donde siempre han estado, lucran con su sola posición, sobre pétalos de rosa el camino antes de sentarse en la mesa con los chinos y el papá Presidente, antes de licitar millones de dólares a instituciones de gobierno en el gobierno de su familia, de sus tíos y de sus primos, de su gente, de la gente que siempre conoció.

Sí pues, si el país es de ellos, desde antes, desde el principio: las carreteras, los bancos y los balnearios; los medios, los sillones del Congreso, las butacas de la ópera, los asientos del Tedeum, quizás si hasta los sacerdotes mismos.

De ellos, las acciones, las utilidades, la historia triunfante de la clase de la oligarquía, de la aristocracia, de ellos la tierra, las minas y el ferrocarril; y los mares, la pesca y las líneas aéreas.

Ponen y deponen Presidentes, si acaso ellos mismos no están en la papeleta, el soborno y el cohecho, las platas de las empresas descontando impuestos para financiar la cultura de ellos, la caridad de ellos, con una mano dan almuerzo en Navidad a los niños del puente y con la otra despiden a los padres de esos niños de la fábrica, le mezquinan el sueldo y le dan cajas de comida para el

Dieciocho, con zanahoria y garrote funciona la economía, inflan sus bolsillos y acrecientan su poder.

Por eso es normal, es lógico, no hay maldad; por eso no hay conciencia, se hace, no más, se suben al vuelo, se sientan en la mesa, viajan a Europa, el ministro va a Harvard con las lucas del Ministerio, no necesita hacerlo, pero es lo normal. Es lo que siempre se ha hecho, como diría la vocera “no hay nada más que comentar”, ¿cómo se nos ocurre, que desubicado somos?

Como si fuera fácil sentarse en la mesa con la jerarquía del PC chino a cargo de la economía más grande del mundo a conversar de tecnología, como si cualquiera pudiera hacerlo; pero de verdad, ellos no saben que no cualquiera puede hacerlo. Pobres.

Pero hablan de meritocracia por eso quieren que las escuelas y los liceos seleccionen, para que los “otros” se junten como un rebaño de desvalidos a compartir su pobreza intelectual y no contaminen a los elegidos, a los puros, a la raza que dará sus frutos en este país de oportunidades que cree en el mérito, en el mérito de sus propios e individuales esfuerzos, pero también en el de sus padres y su cuna, su nombre y su estirpe, su herencia europea estampada en su apellido.

Ahí están, como diría de nuevo el vate, adquiriendo orgullo, comprando en el mercado negro, adjudicándose…

haciendas látigos, esclavos,

catecismos, comisarías,

cepos, conventillos, burdeles,

y a todo esto denominaron

santa cultura occidental.*

El ethos portaliano lo preferiría denominar país en orden, un país ordenado desde arriba; no desde la democracia ni la participación, menos desde la equidad y la igualdad de oportunidades, sino desde un modelo impuesto a la fuerza por la fuerza del dinero, una fe impuesta a sable, metralla y engaño por la fronda decimonónica de la cual es heredera parte de nuestra clase política actual, aquella que con naturalidad y desenfado, transita entre Casa Piedra y la CEP, entre Lota y Suecia, entre El Bosque y el Club Hípico, a las faldas del Manquehue, a la izquierda de Dios padre y a la derecha de Bellavista.

*Pablo Neruda “Canto General” 1950.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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