A propósito de lo ocurrido en Venezuela este 3 de enero, y antes de decir cualquier cosa o plantear algún tipo de análisis al respecto, me gustaría partir empatizando con la alegría de millones de venezolanos y venezolanas, tanto dentro como fuera de su país, ante la captura de Nicolás Maduro. Lo menciono porque uno podrá tener una mirada crítica hacia lo realizado por Donald Trump y Estados Unidos, pero no nos puede ser indiferente la celebración y la esperanza de muchas personas ante la caída de un dictador que ha causado tanto daño.
Dicho esto, empatizar con aquello no debe cegarnos ante la profunda hipocresía de ciertos sectores políticos frente a lo sucedido. Esto ocurre, por ejemplo, con cierta izquierda latinoamericana y europea que se autodenomina progresista y defensora de los derechos humanos y de la soberanía popular, y que usa un discurso antiimperialista de manera burda para silenciar y negar los abusos cometidos por un régimen dictatorial dedicado a perseguir, detener arbitrariamente, reprimir, torturar y asesinar a opositores.
Por otro lado, están ciertos sectores de derecha, conservadores y liberales, que celebran efusivamente la captura de Maduro como un triunfo de la democracia y la libertad, pintando a Trump como un héroe que ha "liberado" a Venezuela. Pero esta narrativa es igualmente hipócrita. ¿Alguien cree realmente que a Estados Unidos le importa la democracia en Venezuela? Su interés explícito no radica en los derechos humanos ni en el bienestar del pueblo venezolano, sino en el petróleo de aquel país. .
Esta hipocresía de sectores de izquierda y de derecha no es un fenómeno aislado; es el síntoma de un fracaso mayor: el del derecho internacional en su conjunto. Lo ocurrido en Venezuela nos muestra, una vez más, cómo las normas globales se aplican de manera selectiva, dependiendo de los intereses geopolíticos del momento. La Carta de las Naciones Unidas, que proclama la no injerencia en asuntos internos y la resolución pacífica de conflictos, parece un documento obsoleto cuando potencias como Estados Unidos actúan unilateralmente, sin mandato del Consejo de Seguridad.
Y aquí radica el problema de fondo: el Consejo de Seguridad de la ONU, con sus cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) y su derecho a veto, no vela por la paz mundial, sino por los intereses de las grandes potencias. ¿Por qué Rusia y China vetan resoluciones sobre Ucrania, mientras Estados Unidos hace lo propio con Israel? Venezuela es solo el último ejemplo de cómo este órgano anacrónico, heredado de la posguerra, perpetúa un orden injusto donde los débiles son pisoteados y los fuertes imponen su voluntad.
Es hora de exigir una democratización profunda de las Naciones Unidas. Necesitamos reformar el Consejo de Seguridad para incluir voces de América Latina, África y Asia, eliminando o limitando el veto que paraliza la acción colectiva. Solo así podremos construir un derecho internacional verdaderamente universal, capaz de prevenir tanto intervenciones oportunistas como dictaduras internas. De lo contrario, seguiremos en este ciclo de hipocresía, donde la alegría de un pueblo se convierte en el pretexto para agendas coloniales e imperiales.
En consecuencia, la captura de Maduro puede ser un punto de inflexión para Venezuela, pero solo si aprendemos de estas lecciones. Empatizo con la esperanza venezolana, pero advierto: sin una crítica honesta a todos los actores involucrados, el cambio real seguirá siendo una ilusión.
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