La caída del tirano y el desafío de una transición real

La decisión de Estados Unidos de avanzar en la detención de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión para América Latina. No se trata únicamente de la persecución penal de un individuo que ha usurpado el poder, sino del reconocimiento explícito, por parte de la comunidad internacional, de que el régimen venezolano dejó hace tiempo de ser una anomalía interna para transformarse en una amenaza real y concreta para la estabilidad regional.

Durante más de una década, la narcodictadura venezolana ha exportado inestabilidad, corrupción y crimen organizado. Redes de narcotráfico, lavado de activos, tráfico de armas y personas han operado con la protección -y en muchos casos con la participación directa- del aparato estatal. Esta alianza entre poder político y crimen transnacional no solo destruyó a Venezuela desde dentro, sino que extendió su impacto corrosivo hacia los países vecinos, debilitando la seguridad, tensionando las democracias y erosionando la confianza ciudadana en las instituciones.

Para Chile, este fenómeno no ha sido ajeno ni distante. La crisis humanitaria provocada por el colapso venezolano generó una migración forzada sin precedentes, compuesta en su gran mayoría por personas honestas que huyen del hambre, la represión y la falta de oportunidades. Sin embargo, junto a ese flujo humano legítimo, también se infiltraron organizaciones criminales transnacionales que encontraron terreno fértil en la falta de coordinación regional, en fronteras desprotegidas y en un Estado que reaccionó tarde y de manera insuficiente.

Negar este vínculo es cerrar los ojos ante una realidad que hoy afecta la convivencia, la seguridad y la paz social de nuestros barrios. Chile ha visto cómo el crimen organizado importado ha elevado los niveles de violencia, sofisticado los delitos y desafiado la capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos. Este no es un problema ideológico, sino un hecho concreto que exige respuestas firmes, cooperación internacional y una lectura honesta de sus causas profundas.

Por eso, la detención de Maduro es relevante, pero claramente insuficiente si se limita a un gesto simbólico. Lo verdaderamente crucial es que, junto con el tirano, caiga su tiranía. La región necesita que se inicie un proceso real y verificable de transición política en Venezuela, con garantías internacionales, elecciones libres y el restablecimiento pleno del Estado de Derecho. Sin ese paso, cualquier avance judicial será incompleto y frágil.

La justicia internacional puede abrir la puerta. La responsabilidad histórica de los gobiernos democráticos es no dejarla a medio camino. Porque mientras la narcodictadura sobreviva, el daño seguirá expandiéndose más allá de sus fronteras. Y porque una Venezuela libre no es solo una causa moral: es una condición necesaria para la estabilidad, la seguridad y el futuro democrático de toda América Latina.

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