Enero y febrero suelen ser meses distintos en el mundo laboral. Baja el ritmo, muchas personas salen de vacaciones y las empresas buscan cómo cubrir esos espacios. Aparecen las prácticas profesionales, los reemplazos de verano, los contratos a plazo. Jóvenes de universidades e institutos llegan por unos meses y, cuando el trabajo resulta, no es raro que se queden.
Ese mismo escenario abre una posibilidad que aún exploramos poco: dar esa oportunidad también a personas con discapacidad que hoy cuentan con formación real, pertinente y alineada con las áreas que el mercado necesita.
Este mes, además, las empresas deben informar cómo están cumpliendo la Ley de Inclusión y, en los casos en que no alcanzan el 1% de contratación, realizar las donaciones que la ley establece. El proceso suele leerse en clave administrativa. Formularios, plazos, papeleo. Todo eso es necesario. Pero no suficiente.
El cumplimiento efectivo sigue siendo bajo. Y eso nos muestra algo más profundo que una dificultad operativa. La inclusión laboral no es un cambio que ocurra de un día para otro. Es un proceso cultural. Y como todo proceso, requiere tiempo, aprendizaje y acompañamiento.
Por eso existen instancias como charlas, talleres, conversatorios, actividades lúdicas con equipos de trabajo, sensibilización para líderes, diagnósticos, catastros, políticas y planes de inclusión. No como adornos, sino como herramientas concretas para que la inclusión sea sostenible. Todo eso es posible gracias a distintos compromisos. Entre ellos, las donaciones que realizan las empresas cuando no cuentan con el 1% de trabajadores con discapacidad. Donaciones que no son un reemplazo del empleo, pero sí un apoyo clave para que ese empleo sea posible en el mediano plazo.
El año pasado, en Fundación Tacal, tuvimos más de 800 egresados, trabajamos con cerca de 100 empresas y realizamos 30 cursos en áreas demandadas por el mercado laboral. Personas que se formaron para trabajar, no para cumplir una estadística. Personas listas para integrarse a equipos reales.
La experiencia demuestra que cuando se abre la puerta, las historias cambian.
Paola trabaja hace ocho años como garzona en el Castillo Forestal. Está a cargo de la Cena de los Sentidos, una experiencia exigente, donde el servicio, la coordinación y la atención al detalle son claves. El restaurante no está obligado por ley a cumplir con la cuota, porque no tiene 100 trabajadores. Pero su dueño, Nicolás, tomó otra decisión. No quiso "dar una oportunidad". Quiso darse la oportunidad de trabajar con personas con discapacidad. Hoy, tres egresados de Tacal trabajan allí.
Giovanni es ingeniero comercial, trilingüe y ciego. Durante mucho tiempo, el mercado lo empujó hacia un solo lugar posible: un call center. Hoy es gerente de un banco internacional y fue trasladado junto a su familia y sus dos hijos a Estados Unidos. No cambió su condición. Cambió la mirada sobre su talento.
Juan, persona con discapacidad motora, entró hace 20 años a una práctica de tres meses en Vitel. Sigue trabajando allí hasta hoy. No por una cuota, sino porque cumple, responde y aporta.
Estas historias no hablan de heroicidad. Hablan de trabajo. Y cuando se trabaja, las capacidades que realmente importan son bastante universales: cumplir con lo acordado, llegar a la hora, ser responsable, tener disposición a aprender, ser creativo, honesto y buena persona.
No existe nadie capaz de hacerlo todo. Ninguno de nosotros. Todo lo demás se aprende. Y en ese aprendizaje, además, aprendemos unos de otros. Por eso, cuando pensamos en el cumplimiento de la ley, vale la pena ampliar la mirada. No solo como una obligación que se revisa en enero, sino como un proceso que se construye durante todo el año. Las donaciones, los programas de formación, la sensibilización de equipos y liderazgos no son un atajo. Son parte de un camino más largo, pero necesario.
La inclusión laboral no se instala por decreto. Se construye en la práctica cotidiana, en decisiones pequeñas, en experiencias compartidas. A veces, incluso, comienza en verano.
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