Formalizarse sin saber costear: una promesa imposible

La informalidad en Chile suele explicarse como un problema del mercado laboral o como una decisión individual marcada por la urgencia económica. Sin embargo, esa lectura omite una dimensión clave: la informalidad no es solo laboral ni cultural, es también formativa. Miles de personas trabajan, emprenden y generan ingresos, sin comprender realmente cuánto les cuesta producir, vender o simplemente mantenerse a flote.

Las cifras lo confirman. Más de 2,4 millones de personas trabajan hoy en condiciones de informalidad en el país, lo que representa cerca de una cuarta parte de la fuerza laboral, según el Instituto Nacional de Estadísticas. Detrás de ese número no hay solo evasión o desorden, sino una realidad más compleja: actividades económicas que operan sin herramientas mínimas para entender sus propios costos.

En la práctica, muchos emprendedores informales no separan los gastos personales de los del negocio. Se vende, se cobra, se paga el día a día y lo que queda se asume como "ganancia", aunque no alcance para reponer insumos, cubrir imprevistos o valorar el propio tiempo de trabajo. Asimismo, no se consideran el desgaste de activos, las horas invertidas ni los costos invisibles que sostienen la actividad.

Bajo esa lógica, la formalización aparece como una amenaza: pagar arriendo, permisos, cotizaciones o impuestos se percibe como un peso adicional imposible de asumir. No porque esos costos no existan, sino porque nunca han sido visibilizados ni gestionados.

Así, formalizarse sin saber costear se transforma en una promesa imposible. Se exige cumplir con obligaciones que, desde la mirada del pequeño emprendedor, no dialogan con su realidad cotidiana. El problema no es solo el nivel de los costos fijos, sino la ausencia de una alfabetización económica básica que permita tomar decisiones informadas. Cuando el lenguaje contable se vuelve incomprensible, la informalidad deja de ser una elección y pasa a ser una forma de supervivencia.

Este fenómeno interpela directamente a la educación superior. Las universidades no pueden seguir enseñando contabilidad y gestión como si fueran saberes exclusivos de grandes empresas. Existe una responsabilidad social ineludible: traducir el lenguaje de los costos a la vida diaria, hacerlo comprensible, cercano y útil para quienes sostienen gran parte de la economía desde la micro y pequeña escala. Metodologías como el aprendizaje más servicio, el trabajo con emprendedores reales y la vinculación territorial permiten que estos conocimientos dejen de ser abstractos y se transformen en herramientas concretas.

Cuando la universidad se vincula con emprendedores reales y conecta teoría con práctica, no solo forma mejores profesionales. Contribuye también a reducir una brecha estructural que alimenta la informalidad. Enseñar a distinguir ingresos de utilidades, costos fijos de variables, o gasto personal de inversión productiva no es un detalle técnico: es una herramienta de inclusión y de dignidad económica.

El costo oculto de la informalidad no se mide únicamente en menor recaudación fiscal o precariedad laboral. Se mide en negocios que no crecen, en personas que trabajan más de lo que ganan sin saberlo, y en oportunidades, que se pierden por falta de herramientas básicas. Enfrentar este desafío requiere políticas públicas, sin duda, pero también una educación económica aplicada, pertinente y socialmente comprometida.

Porque mientras formalizarse siga exigiéndose sin enseñar a costear, la informalidad seguirá siendo, para muchos, la única opción posible.

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