Empezamos el año con una intervención estadounidense en Venezuela y con la detención del dictador Maduro. Mientras los venezolanos radicados en nuestro país celebraban, grupos de la izquierda repudiaban el involucramiento de EE.UU., denunciando la ilegitimidad e ilegalidad del hecho. Pero ¿cómo llegamos a esto? ¿Qué tuvo que pasar para que prosperara una situación como esta?
La política latinoamericana difícilmente se hará esta pregunta, pues se sabe que la respuesta será más que incómoda.
En el año 2019, Florencia Lagos, exagregada cultural en La Habana en el gobierno de Michelle Bachelet, agradecía al régimen de Maduro y entregaba un especial saludo de parte del "pueblo chileno", el cual -según ella- se encontraba resistiendo al "dictador" y "tirano" Sebastián Piñera. Ya en el 2024, Lautaro Carmona, presidente del PC, declaraba en Radio Cooperativa que en su partido reivindicaban la existencia de los procesos de cada pueblo, por lo que -"a mucha honra", agregaba- se negaban a calificar el gobierno de Maduro como una dictadura. Daniel Jadue, otrora precandidato presidencial del actual oficialismo, continúa estos días validando el "proceso bolivariano" y atacando a quienes en su sector se sumaron al discurso "deslegitimante". Incluso hace pocas semanas, la entonces candidata presidencial Jeannette Jara se negaba a reconocer la figura de la opositora Machado, atribuyéndole "intentonas golpistas".
Llegamos a este punto por quienes validaron al dictador, pero también por quienes fueron particularmente obsecuentes.
El 21 de julio del pasado 2025, la oficina de prensa de nuestra Presidencia dio a conocer un comunicado luego de la "Reunión de Alto Nivel, Democracia Siempre". La instancia convocó a los presidentes de España, Uruguay, Brasil, Chile y Colombia, todos del progresismo iberoamericano. Se trataba de una reunión que sucedía a un año de que Maduro se robara las elecciones, pero, curiosamente, aquel nefasto hecho no se consideró en ninguna de las medidas ni reflexiones que se terminaron por compartir. En el documento que se trabajó había un gran espacio dedicado al avance de la ultraderecha, de la desinformación sobre el cambio climático, sobre la polarización y el extremismo, pero nada sobre la vulneración que vivían millones de venezolanos, muchos de los cuales se encontraban refugiados en los mismos países que ellos gobernaban. Si se piensa bien, la situación es grotesca. Los principales actores llamados a ejercer la presión necesaria para terminar con la dictadura venezolana se reunían en una cumbre y optaban por el silencio.
Paradójicamente, hoy se demoraron solo un día en emitir un comunicado con posterioridad a la intervención, pero no para defender la legitimidad de Edmundo González, ni para dar ideas sobre el futuro de Venezuela, sino simplemente para condenar el ataque norteamericano.
Esta desidia de nuestros representantes frente al pueblo venezolano no es para nada excepcional. Sin ir más lejos, hace pocas semanas se decidió suspender la Cumbre de las Américas que se celebraría el mes pasado en República Dominicana, precisamente por el clima de tensión que se vivía en el país llanero. El mismo conflicto que justificaba una reunión urgente se utilizaba como excusa para evadir. Hubo que esperar la captura de Maduro para conocer una convocatoria urgente de la OEA.
Por supuesto que un asunto tan complejo como este involucra una serie de factores más que relevantes. Pero si tuviéramos que hacer una autocrítica, pareciera evidente que llegamos a donde estamos, en parte, por la negligencia y obsecuencia de las autoridades de nuestro continente, que vienen reconociendo desde hace muchos años las atrocidades cometidas por Maduro sin oponer una verdadera resistencia. Y lo más duro es que eso continúa hasta el día de hoy. Existe un presidente legítimo, escogido por una inmensa mayoría de venezolanos en 2024, pero solo algunos países europeos se atreven a entregar su respaldo explícito. En nuestro continente el problema no gira en torno a Venezuela, sino más bien a si se está a favor o en contra del imperialismo estadounidense. Una vez más, el único que pierde es ese pueblo bravo, pero oprimido.
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