Ansiedad constituyente

En nuestra sociedad del consumo y de lo instantáneo, del hervidor y del horno microondas, o de las crisis y angustia en los envíos de mensajería telefónica a la espera de una respuesta inmediata, hay sectores de la población que no logran comprender la formación y consolidación de la Convención Constitucional como una asamblea compuesta por seres humanos cuyo objetivo es, primeramente, organizarse, y luego prepararse para la redacción de una nueva Constitución Política para Chile.

Tal vez nos hace falta recordar que no existe experiencia similar comparable en nuestra historia republicana, tanto en su conformación como en su dinámica interna. Desde la instalación, la convención sólo tenía un par de cosas claras: una, se debía elegir presidencia y vicepresidencia; y dos, las nuevas normas constitucionales y el reglamento deben ser aprobados por los dos tercios de sus miembros en ejercicio. Hecho aquello, lo demás era comenzar a construir.

Sin embargo, la convención no puede ser ajena al momento coyuntural por el que se le da origen: el estado de crisis social en el que Chile se encuentra a partir del 18 de octubre de 2019, y del que después fue sorprendido por una crisis pandémica planetaria, mutando a un estado crítico multisistémico. En ese marco emergen los convencionales, personas de las más variadas opiniones, sensibilidades, ideologías, trabajos territoriales o etnias identitarias, que aspiran a dar lo mejor de sí, con la confianza del pueblo chileno, para la construcción de la nueva casa común.

Pero como todo grupo humano (en gran parte, personas desconocidas entre ellas y ellos), las confrontaciones no se hicieron esperar. Sin perjuicio de ello, tales confrontaciones, dentro del marco del respeto y la tolerancia, son sanas para la convivencia democrática. Es más: tenemos tan normalizado que vivir en democracia es vivir en un "orden y libertad" constante, que se nos olvida que nuestro estado de naturaleza como seres sociales es de permanente desorden, siendo el Estado y el Derecho el que regula la manera de poder ordenar nuestra propia subsistencia colectiva y convivir como especie, y a su vez, la democracia como la vía idónea de poder garantizar el respeto a nuestros derechos básicos. Por lo tanto, en democracia se está de acuerdo o no, pero jamás se persigue a alguien por pensar o creer distinto. No se menosprecia por ser minoría porque no es una dictadura de las mayorías, ni tampoco se humilla por tener un pensamiento más moderado del que los grupos más radicalizados esperan, ya que nadie tiene la superioridad moral para atribuirse una representación de la que se carece.

Así las cosas, en estas 3 turbulentas e intensas semanas constituyentes, considerando la ausencia de normas de regulación interna y contando sólo con la voluntad de los 155 constituyentes, se ha logrado dar amplitud a la mesa directiva y se han configurado 8 comisiones transitorias, tres de las cuales son de Reglamento, Presupuesto y Ética, y otras 5 de ejes temáticos, cada una con sus reglas de funcionamiento internas para obtener prontos resultados.

Todo está en marcha para que, una vez teniendo las reglas claras, se puedan discutir las nuevas normas constitucionales de las que estamos todas y todos expectantes. Pero debemos calmar la ansiedad constituyente. ¿Podría, todo esto, haber comenzado de otra manera? Por supuesto que sí. Pero la convención no es un producto de fábrica ni un servicio de una empresa: Es un proceso. Y los procesos sociales se viven, no se estandarizan ni se miden en tablas Excel. Vivamos el proceso constituyente, protejámoslo y defendámoslo como la mejor vía pacífica para el inicio de la superación de nuestra crisis.

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