Aprendizaje previo al legado

En apenas unas semanas se acabará el gobierno de Gabriel Boric y la pretensión de erigir un legado nítido se ha vuelto esquiva. La propuesta de los "mil logros", lejos de esclarecer, ilustra el núcleo del dilema: en medio de tanta acción dispersa, el sello distintivo de esta administración se difumina en la bruma de lo cotidiano. El Estado, por esencia, existe para hacer; sus innumerables reparticiones ejecutan tareas sin detenerse (distinto es su ritmo). Así, mil logros resultan insuficientes para encapsular una identidad gubernamental. Más bien, tales acciones concretas deberían orbitar un eje rector, un titular simbólico que defina el mandato.

Encontrar algo que defina el legado de este gobierno, vinculado a las propias metas o proyecciones que se autoimpusieron, considerando además que enfrentaron un rotundo y prematuro desmoronamiento de su proyecto político originario, se hace difícil en la medida que aquello que vino después del plebiscito de 4 de septiembre de 2022 y no puede entenderse sino como la administración de una derrota medular. Y es que la idea de una nueva Constitución representaba, para esta administración y para el Presidente mismo, "la" respuesta a los grandes problemas del país que terminaron por estallar el 18 de octubre de 2019.

Pero hubo más errores y fracasos, políticos, no periféricos. Por de pronto, después del duro golpe del proyecto de la Convención, el dominio de las derechas en el Consejo Constitucional pulverizó las aspiraciones oficialistas. Pero recién asumidos incluso, ocurrió la triste visita de la entonces ministra del Interior, Izkia Siches, a La Araucanía, de la cual debió salir escapando de los balazos. Aquella escena condensó inexperiencia, imprudencia e impericia; adjetivos que, lamentablemente se quedaron como sellos con que identificaríamos después a este gobierno.

Lo que debía ser otro gran hito -la conmemoración de los 50 años del 11 de septiembre- por el modo en que se desarrolló y culminó el proyecto, es otro fracaso insoslayable, simbolizado en la prematura salida de Patricio Fernández de la coordinación de dicha conmemoración, luego de las tensiones entre el Partido Comunista y el Ejecutivo. Entre medio, tuvimos que observar fricciones innecesarias en política exterior. Tuvimos tensiones con España a horas de la asunción, roces reiterados con Estados Unidos e incluso el desaire al embajador de Israel, al que se negó a recibir sus credenciales a último minuto.

En lo económico, la reforma tributaria de Marcel no llegó a puerto y los cambios de gabinete durante estos cuatro años no pueden sino interpretarse como frustración y el intento de nuevas rutas. En materia de seguridad, la ciudadanía ha debido cambiar sus rutinas, teniendo como fundamental preocupación el llegar sano y salvo al hogar. Más allá de cifras oficiales o percepciones minimizadas por el gobierno, el resultado en las urnas fue claro. El triunfo de José Antonio Kast connota, en parte importante, una búsqueda de autoridad y firmeza a este respecto.

Si giramos a la dimensión discursiva que caracterizó a este gobierno, también las narrativas que los constituyeron fueron diluyéndose entre fracasos y decepciones. Un gobierno autodefinido como feminista quedó casi súbitamente despojado de ropaje al tomar la decisión de apoyar al exsubsecretario Manuel Monsalve en su cargo -a pesar de la acusación de violación- y al guardar un inexplicable silencio acrítico la propia ministra de la Mujer.

En educación, bandera de esta generación gobernante, tampoco hubo transformaciones medulares. Entregarán un sistema público lastrado por una crisis de convivencia escolar y de autoridad; además de severos tropiezos en la implementación de SLEP y la "tómbola", sin diferir de lo obrado por Michelle Bachelet.

Finalmente, la ayuda requerida para cogobernar con la exConcertación, el llamado "caso Convenios" y la forma en que debió cancelarse la compraventa de la casa de Salvador Allende, golpearon en la médula al discurso de superioridad moral que se promovió tempranamente.

Por todo esto es que lo que hasta ahora se vislumbra no es un legado acabado, sino una constelación de derrotas y fracasos, políticas y electorales, las cuales implicaron, en algunos casos, dar giros pragmáticos hacia la moderación ideológica. En otros, como en el llamado "caso Monsalve", el giro marcó un contraste insalvable -voluntario, no forzado- entre el propio discurso teórico y la realidad.

Hablar de "legado" resulta prematuro. Prima más bien una cualidad previa que lo atraviesa: el aprendizaje forzado. Esto importa, pues, cuando un grupo de poder se potencia desde una propuesta refundacional, pero termina abrazando las virtudes de la tradición, cuesta saber en qué cree y cómo se comportará una vez que La Moneda se mire desde afuera. Cualquier logro sin convicción solo lega lo que oculta.

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