¿Coalición política en las derechas? El orden de los factores

Cada tanto, en el universo de la política surgen ideas -en apariencia sensatas- que arriesgan un mal final, pues tienden a nublar o resistir la reflexión. Una de ellas, surgidas el último tiempo, sostiene que frente a los desafíos del Chile actual, la derecha debería constituir prontamente una gran coalición. La premisa parece difícil de objetar: la unidad suele asociarse con la fortaleza. Sin embargo, precisamente porque la política no es un ejercicio de aritmética conviene preguntarse si toda unidad es, por sí misma, virtuosa; o si, en determinadas circunstancias, intentar anticiparla puede terminar debilitando aquello que pretende fortalecer.

Sabemos que las coaliciones no se agotan en acuerdos electorales; son comunidades políticas llamadas a gobernar. Y gobernar exige mucho más que compartir un adversario. Supone una comprensión antropológica relativamente común, como también de la sociedad, el Estado y el bien común. Además de una cultura de colaboración (estratégica y táctica) capaz de procesar las diferencias sin convertirlas en conflictos permanentes. Por eso las coaliciones duraderas requieren para nacer una historia compartida.

Algunas veces se invierte ese orden al suponer que basta anunciar una alianza para que -súbitamente- aparezcan la confianza, la disciplina, la coordinación legislativa o la identidad común. Pero ninguna de esas condiciones puede decretarse. Son el resultado de un proceso previo de construcción política. La política tiene una dimensión institucional, pero antes posee una dimensión cultural.

Ese parece ser un importante desafío que enfrenta hoy la derecha chilena. Existen coincidencias importantes en materias urgentes como crecimiento económico, seguridad, responsabilidad fiscal y orden. Y esas convergencias, ciertamente, justifican espacios de cooperación. Sin embargo, gobernar exige acuerdos de una naturaleza más profunda.

Los partidos que algunos imaginan integrando una misma coalición no sólo presentan diferencias programáticas. Expresan tradiciones históricas, antropológicas y axiológicas diversas: desde el liberalismo y el pragmatismo político hasta el conservadurismo, el pensamiento socialcristiano o el libertarismo. Esa pluralidad no constituye un problema en sí misma, lo problemático es más bien suponer que aquello puede hoy ignorarse.

Toda coalición requiere una síntesis que permita integrar esas distintas tradiciones en un proyecto político compartido. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse únicamente en un mecanismo de coordinación electoral: útil para ganar elecciones, pero insuficiente para ofrecer un proyecto sociopolítico al país y gobernar con estabilidad.

En el plano contingente, la fallida acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau dejó en evidencia las dificultades que hoy enfrenta la derecha para actuar como una comunidad política. Más allá del mérito del libelo, lo relevante fue la ausencia de una deliberación previa y de mecanismos eficaces para procesar las diferencias entre los partidos. La controversia terminó trasladándose al espacio público mediante recriminaciones cruzadas, precisamente lo que una coalición consolidada debería ser capaz de evitar.

El problema, entonces, no radica sólo en las diferencias doctrinarias. Todas las coaliciones conviven con ellas. Lo decisivo es contar con partidos, confianzas y una cultura política que permitan administrarlas. Mientras esos elementos no existan, la discusión corre el riesgo al que se expone toda construcción de cimientos frágiles. Las coaliciones políticas implican tradiciones vivas, con memorias, convicciones y lenguajes propios. Cuando esos componentes no se han desarrollado, las estructuras terminan revelando, antes que resolviendo, las fracturas que intentaban disimular.

La prudencia política aconseja resistir la ansiedad de construir artificialmente aquello que todavía no ha madurado. Porque una coalición auténtica no constituye el punto de partida de un proyecto político, sino su culminación. Confundir ambos momentos puede terminar frustrando precisamente aquello que se busca alcanzar: una derecha capaz no sólo de ganar elecciones, sino también de gobernar con cohesión y estabilidad.