La fea del humedal

Si se organizara un concurso de belleza, la rana chilena (Calyptocephalella gayi) tendría escasas posibilidades de pasar a segunda ronda. No posee el colorido del loro tricahue ni la ternura del pudú. Es un anfibio rechoncho de piel rugosa y con una permanente expresión que explica muy bien el concepto de "arranado".

Endémica de Chile, sobreviviente del asteroide que extinguió a los dinosaurios y habitante de los humedales del centro y sur de nuestro país, la rana chilena ha desempeñado una labor que pocos advierten. Siendo carnívora en su etapa adulta, devora una gran variedad de animales que, sin su control, podrían transformarse en plagas. Además, su presencia indica que los cuerpos de agua se mantienen saludables, pues es extremadamente sensible a la contaminación ambiental.

Pero sigue siendo fea. Sí, tan fea que, pese a su beneficioso rol ecosistémico, no ha recibido la atención nacional que ella merece. Porque en Chile la estética parece haberse convertido en un criterio de verdad y de bondad. Si algo luce bonito, se supone que es confiable y agradable. En cambio, aquello que no seduce a primera vista suele ser ignorado, subvalorado o simplemente castigado. Respecto de este prejuicio contemporáneo, la psicóloga estadounidense Nancy Etcoff, en su best seller "La supervivencia de los más guapos", demostró que incluso en los tribunales de justicia las personas físicamente poco agraciadas suelen recibir condenas más severas que los buenos mozos, aun cuando hayan cometido los mismos delitos.

En efecto, a diferencia de la añañuca de fuego con su atractiva flor o del pájaro chucao con su armónico canto, las especies de la flora y fauna menos bonitas no encabezan los catálogos de las campañas de turismo naturalista. Difícilmente un especialista en marketing les daría protagonismo a seres tan antiestéticos. Es más, en este país de poetas nadie le ha dedicado versos románticos al jote, ese negro buitre que cumple un importante servicio ambiental como reciclador de la naturaleza.

Así como el científico Víctor Frankenstein en la famosa novela aborreció a su creación por el solo hecho de ser fea, sin considerar que inicialmente era bondadosa y poseía una inteligencia sobresaliente; ese mismo prejuicio en la vida real impide que quienes son marginados por su apariencia física puedan desplegar sus amplias capacidades en diferentes ámbitos. En efecto, discriminar por la configuración del cuerpo no sólo perjudica al marginado; también reduce la eficiencia colectiva porque impide que la sociedad asigne sus mejores talentos a las posiciones donde podrían generar mayor valor. Por ejemplo, en un estudio liderado por la economista Rhiannon Yetsenga se calculó que los costos sociales generados en Estados Unidos durante el año 2019 podrían haber alcanzado a los $265 mil millones de dólares debido a la discriminación hacia personas que, tal como la rana chilena, son gorditas.

Algunos psicólogos evolucionistas, entre ellos David Buss, sostienen que esta preferencia por la belleza tuvo una utilidad durante el Paleolítico, cuando la apariencia física constituía una de las escasas pistas disponibles para inferir el estado de salud de una persona. En un mundo prehistórico sin exámenes clínicos, ciertos rasgos, como la simetría facial, una piel sana o un aspecto vigoroso, podían aumentar la probabilidad de ser elegido como pareja. Lo paradójico es que ese antiguo mecanismo de supervivencia habría perdurado hasta el presente, aunque ahora se aplique de manera irracional para evaluar la inteligencia, juzgar la honestidad, predecir la competencia profesional e incluso valorar la función ecológica de una especie.

Se premian las apariencias antes que los aportes. A este fenómeno los psicólogos lo denominan "Efecto Halo": aquello que es hermoso tiende a ser percibido también como bueno, inteligente o competente. Por el contrario, si es feo, se supone que debe tener algún defecto.

Sin embargo, esta rana endémica posee un currículum impecable. Nada hay que reprocharle. Lo mismo ocurre con muchas personas que, sin reunir los atributos corporales que encajan en los estándares mediáticos de belleza, sostienen silenciosamente buena parte del funcionamiento cotidiano del país. Y ellas podrían hacer mucho más si a primera vista no se les levantaran barreras, tal como lo demuestra el economista Daniel Hamermesh, uno de los principales investigadores de la llamada "pulchronomics" o economía de la belleza.

Al parecer hemos aprendido a evaluar el funcionamiento del país con los mismos criterios con que recorremos una vitrina desde la vereda o deslizamos rápidamente el dedo por la pantalla del celular: unos pocos segundos bastan para decidir qué merece nuestra atención y qué será condenado al olvido. La belleza abre puertas antes que aparezca el mérito. La fealdad, en cambio, debe presentar credenciales, recomendaciones y certificados para obtener apenas el beneficio de la duda. No deja de ser inquietante que un anfibio capaz de sobrevivir durante millones de años sea culturalmente postergado por un defecto que solo existe en los ojos del observador.

Pese a estar catalogada como especie vulnerable, la rana chilena no ocupa las portadas de las grandes campañas destinadas a la protección de la biodiversidad. Y si algún día este anfibio se extinguiera, tal vez estaremos abandonando a muchas personas extraordinarias simplemente porque nunca fueron lo suficientemente atractivas para captar nuestra atención.

Si ocurre tal irreversible pérdida, la rana chilena nunca sabrá que fue condenada por su aspecto; esas personas, en cambio, sí lo sabrán. Tal diferencia debiera avergonzarnos como sociedad.