La visita del papa León XIV ante las Cortes Generales de España dejó una escena poco habitual en tiempos de polarización: parlamentarios de izquierda y derecha aplaudiendo de pie (durante siete minutos) el mismo discurso. En una época en que los consensos parecen imposibles, esta imagen ha llamado mucho la atención. Creo que la razón que explica este hecho es que el papa no buscó agradar a unos ni incomodar a otros, simplemente recordó principios fundamentales que trascienden las trincheras ideológicas y que tienen su raíz en la dignidad de toda persona humana.
León XIV pidió "desarmar el lenguaje" y evitar que la pluralidad política derive en la descalificación permanente del adversario. La advertencia parece escrita para nuestra realidad. Durante años hemos visto cómo el debate público se ha degradado, transformando al contendor político en un enemigo al que se busca derrotar antes que comprender. El resultado es conocido: acuerdos cada vez más difíciles, instituciones debilitadas y una ciudadanía crecientemente desencantada ("La firmeza no exige desprecio, la discrepancia no conlleva humillación", señaló ante el Congreso de Diputados).
Pero el papa fue más allá. Reivindicó la necesidad de una acogida respetuosa para los migrantes y de ofrecerles posibilidades reales de integración. En Chile (donde la inmigración ha generado tensiones legítimas asociadas a la seguridad, el empleo o la capacidad de los servicios públicos) existe el riesgo de olvidar una verdad elemental: detrás de cada migrante hay una persona, que tiene dignidad y que, por ese solo hecho, merecen un trato digno. Defender la seguridad y el orden no puede significar renunciar a la humanidad ni a la solidaridad. ("la grandeza de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad", nos dijo).
Quizás uno de los pasajes más significativos de su intervención fue la defensa de toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. El papa recordó que la dignidad humana no depende de la edad, de la salud, de la productividad ni de la utilidad social. Toda vida posee un valor intrínseco que merece respeto y protección.
Estas palabras deberían interpelarnos a todos. Ojalá fuésemos capaces de construir una política de Estado (solidaria y eficaz) que ayuden a proteger la vida del niño que está por nacer y la dignidad de su madre, para hacernos cargo de los adultos mayores abandonados, de las personas con discapacidad, de quienes sufren enfermedades graves o de aquellos que viven en condiciones de extrema vulnerabilidad, inspirándonos en sus palabras de ayer ("La defensa de la vida es una causa integral, no selectiva (...) y la grandeza de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad").
Si fuésemos capaces de dejarnos interpelar por el llamado del papa León XIV, de salir de la pelea pequeña e inconducente y de elevar la mirada ("Los invito a alzar la mirada, no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas") para concentrar nuestros esfuerzos en cómo construimos acuerdos transversales que permitan hacer efectivo el mensaje del Santo Padre (respeto efectivo de la dignidad humana, búsqueda del bien común integral, etc.) va a haber valido la pena la emoción y los aplausos que provocaron sus palabras en el (polarizado) Congreso de Diputados de España. "De nosotros depende", nos habría dicho don Patricio Aylwin.