El fracaso de Piñera

El 2019 hizo historia, el multitudinario movimiento social contra los abusos y la desigualdad que irrumpió en el país, empuja hacia un cambio profundo, un auténtico vuelco en la situación nacional que reclama un Chile más justo.

En esta lucha contra los abusos y las desigualdades, el feminismo adquirió potente protagonismo social y cultural, el himno del colectivo Las Tesis, “Un violador en tu camino” se extendió con bríos vertiginosos que expresan la profunda justicia de la demanda feminista, su carácter universal y pluridimensional ante siglos de opresión de la sociedad patriarcal.

Luego del 18 de octubre, emergió una movilización sin precedentes que Piñera no pudo frenar ni con la brutal represión de las fuerzas especiales de Carabineros ni con la declaración del Estado de Emergencia para involucrar al Ejército en la represión a los manifestantes, fue de tanta envergadura la fuerza social movilizada que derrotó el extremismo del conservadurismo más ultra que exigía un Estado de excepción más “duro”, el Estado de Sitio.

Pero también la violencia estatal no tiene antecedentes previos, la acción de mutilar con balines o perdigones y el disparo directo de las bombas lacrimógenas al cuerpo de los manifestantes, muchos de ellos jóvenes recién llegados a la adolescencia, se convirtió en la mayor infamia de este gobierno, reventar los ojos de centenares de personas en las calles será una vileza que nunca se olvidará. La historia lo juzgará. En Chile no se vivió antes un horror semejante.

Pero como la ambición de poder no tiene límites, algunos querían el Estado de Sitio.
Piñera no tiene respaldo parlamentario para un golpe de fuerza semejante y ya no podía agudizar aún más la violencia estatal con otro Estado de excepción esa noche del 12 de noviembre, como le “pedían algunos”, según sus propias palabras.

Esa es la ira de los que anhelan repetir la “guerra” de Pinochet, que primero instauró la llamada “política de shock”, del año 73 al 75, consistente en la destrucción de las conquistas sociales, la jibarizacion del sector público y luego, con el uso del terrorismo de Estado, la implantación de la versión neoliberal más extrema.

El discurso de Piñera esa noche no tuvo nada concreto, de una propuesta política democrática, que se hiciera cargo de las demandas ciudadanas. La incomprensión y tergiversación del carácter de la crisis, definiendo la protesta social como una “guerra” se lo impidió. Quedó inmóvil, en el momento decisivo. Ese es su mayor error y la causa de su fracaso. Aunque, en entrevista en La Tercera, trata de presentar su parálisis política como gran estrategia y su ceguera como clarividencia.

Ese falso auto halago es lo que quisiera para si mismo, es lo que pudo haber sido y no fue, porque no estuvo  a la altura de las circunstancias y ante el peso del fracaso, se imagina lo que no fue capaz de ser. La derecha tomó distancia, RN y Evópoli por su dureza y la UDI por lo débil, según dicen ahora en público, la derecha “no tiene líder”.

Al carecer de mayoría parlamentaria, un intento de forzar y obligar a la declaración de un Estado de Sitio de facto, habría sido el inicio de la aventura de un autogolpe, como lo hizo Bordaberry en 1973, en Uruguay, o Fujimori en 1992, en Perú. Esos gobernantes al comienzo electos, tomaron poderes totalitarios e instalaron crueles dictaduras corruptas, auto definidas como de seguridad nacional que terminaron en una completa bancarrota.

En medio de la ausencia de respuesta de Piñera, se generó una intensa interlocución entre las fuerzas políticas, con vistas a sacar la situación del callejón sin salida que se había configurado ante la ineptitud del gobierno y la consistencia del movimiento social, así, en la madrugada del 15 de noviembre, un arco de fuerzas amplísimo, aunque no su totalidad, firmó el acuerdo, “por la paz y una nueva Constitución”, que echó las bases del proceso constituyente que está en curso.

Los Partidos asumieron su deber. Al representar la mayoría nacional y proponer una ruta que convoca a un Plebiscito para poner término a la ilegitimidad constitucional y reunir una Asamblea Constituyente, denominada Convención constitucional para elaborar una nueva Constitución, electa en su totalidad, lógicamente si así se aprueba el próximo 26 de abril, en este camino, se reconoce como lo fundamental la decisión ciudadana que se ejerce a través de la soberanía popular.

Este compromiso abre camino al ejercicio de la voluntad ciudadana; las circunstancias no permitían a quien lo hubiera intentado una jugarreta seudo democrática, por el contrario, fue una decisión de legítima e indispensable responsabilidad política.

En el desbarajuste que produjo una crisis política excepcional, surgida de la movilización social, pero nutrida cada día por la ineptitud del propio gobierno, la derecha política tuvo que ceder lo que nunca pensó, someter al ejercicio de la voluntad popular, es decir, a un Plebiscito, la facultad de decidir si termina o continúa, la Constitución de 1980, ni más ni menos que la armazón autoritaria diseñada por Jaime Guzmán para primero, perpetuar a Pinochet, y luego eternizar las desigualdades en Chile.

Tanto dolor provocó la imposición de la Constitución pinochetista que para la izquierda chilena el solo recuento de sus víctimas es una tarea agobiadora, también para la DC que sufrió el magnicidio del Presidente Eduardo Freí Montalva.

El primer gran paso se concreta en el Plebiscito del próximo 26 de abril que debe aprobar o rechazar el término de la actual Constitución y su reemplazo por una nueva Carta Fundamental elaborada por una Convención Constituyente, ojalá electa en su totalidad, cuyo texto emanado del diálogo, estudio y debate de los constituyentes, será nuevamente sometido a su ratificación o desaprobación en un Plebiscito de cierre de este proceso constituyente, fundamental para el futuro de Chile.

Ante la cercanía de este avance decisivo, el autoritarismo politiquero de la derecha que pretende eternizar la Constitución de 1980, en un tributo de fidelidad al dictador, vuelve a presionar amenazante, como lo hizo tantas veces para crear miedo e inseguridad. Los gobiernos oligárquicos de la derecha, civiles o militares, hicieron de la incertidumbre y el terror sus armas predilectas.

Ahora dicen que una nueva Constitución no lleva a la estabilidad que el país necesita, cómo si en el actual texto constitucional, establecido a través de la violencia y el terrorismo de Estado por la dictadura, no estuviese siempre presente la injusticia crónica que generan la opresión, los abusos y la discriminacion que instalaron mediante la tutela militar, que cedió con las reformas constitucionales del 2005, pero que fue diseñada e impuesta para garantizar una nación marcada por las desigualdades.

La ciudadanía no tiene de que asustarse, hay un fuerte desencanto con el modo en que se impuso la dominación neoliberal en América Latina, con la extrema concentración de la riqueza y la formación de una ávida élite que centralizó el poder económico como nunca fue en los países iberoamericanos, así brotó la desigualdad y la corrupción que crearon el desencanto y la desconfianza hacia las instituciones democráticas en su conjunto.

El ancho abanico de fuerzas populares de izquierda y centroizquierda tiene plena legitimidad para bregar por un camino de justicia social en democracia, de amplio entendimiento ciudadano y de paz, a través de una anchísima mayoría nacional que, en el Plebiscito del 26 de abril, derrote el neo continuismo pinochetista y asegure la redacción de una nueva Constitución, por una Convención Constituyente, electa en su totalidad, que permita el pleno ejercicio de la potestad soberana de la nación chilena.

Asimismo, la ciudadanía debe ser el motor del proceso constituyente y dar cauce a las energías transformadoras, hay que unirse, organizarse y no facilitar las provocaciones.

Como le gustaría a la élite ultraconservadora entorpecer este proceso y que se crearan condiciones para detenerlo e impedirlo. Hoy como ayer se necesitan acción y disciplina, unidad y lucha.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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