El partido chacota

"¿Qué le hace una raya más al tigre?", pensarán los pocos militantes que le quedan a la Democracia Cristiana. Y es que, durante la última década, se han pasado de conflicto en conflicto y renuncia tras renuncia. Hoy no es fácil saber qué es la Falange y menos aún hacia dónde se dirige. El reciente conflicto abierto por la invitación al cónclave oficialista es solo una muestra más de un problema bastante más profundo. ¿Cuál es el proyecto de la DC?

Esta semana vimos a un grupo de senadores alzando la voz, llamando a puntos de prensa y expresando dureza. Uno podría haber esperado que allí se manifestara la sabiduría y dirección necesarias, pero poco de eso puede llegar a ser posible en un partido insípido. Bajo el liderazgo de la expresidenciable Yasna Provoste, el grupo de autoridades señalaba que la invitación del Gobierno representaba simplemente una "jugada" para mostrar una "falsa unidad". Declaraban que se trataba de un "error político" aceptar la invitación, pues ellos no forman parte de este "mal gobierno" ni lo harán.

Extraña la dureza que se tiene respecto de un gobierno ya herido. Curiosa, sobre todo, porque se trata de las mismas autoridades que no tuvieron mayor empacho en actuar en bloque para apoyar la agenda legislativa de ese "mal gobierno". También porque la crítica viene de los mismos que decidieron cuadrarse con la candidata presidencial oficialista y que, de paso, decidieron mantener el silencio cuando Eduardo Frei era llevado al comité de ética por mostrar disidencia. Pero ahora, con el gobierno saliente golpeado y cuestionado, ya no son tan oficialistas como parecían.

Quizás el gran problema que tiene el histórico partido de la Falange es que, como nunca en su historia, confundió moderación con tibieza. En el momento en que el país verdaderamente los necesitó -cuando nos enfrentábamos en las calles, vandalizando y quemando-, nunca estuvieron disponibles. Nunca primaron esos valores cristianos ni la visión de sociedad demócrata que los caracterizaba. En cambio, el centrismo derivó en posturas acomodaticias y, por lo mismo, en la insignificancia.

Quizás la DC es el principal ejemplo del desafío que viven los partidos políticos contemporáneos. En tiempos de turbulencias, polarización y frivolidad, pareciera sensato tener dirigentes que se pregunten constantemente cómo es posible promover el diálogo y proteger la democracia. Esto es relevante porque, para poder dialogar, primero debemos conocernos. Y con esto no me refiero a comprender a nuestra contraparte, sino también a nosotros mismos. No es posible promover el diálogo si no hay completa claridad de quiénes somos. Y ahí está el principal problema, pues la DC está lejos de reconocerse, tan lejos que varios de sus miembros emprendieron caminos separados, algunos incluso aterrizando en las antípodas del espectro político.

Tal como sugería el senador Flores, la invitación del Gobierno a formar parte del acto oficialista podría ser leída como una "burla" y una verdadera "chacota política", pero la gran pregunta sigue siendo quiénes fueron los responsables de que algo así sucediera. Viendo la historia reciente, los pactos con el PC, las renuncias emblemáticas y los intentos desesperados por sobrevivir, uno podría responsablemente sugerir que fueron ellos mismos -autoridades y militantes-quienes fueron paulatinamente llevando al partido al contexto actual de intrascendencia y, por cierto, de chacota.

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