El cáncer ya se convirtió en una de las principales causas de muerte en Chile. Dentro de las enfermedades oncológicas que más preocupan por su agresividad y dificultad diagnóstica está el cáncer de ovario, ocupando un lugar especialmente crítico, dado que su prevalencia parece ir en aumento.
Aunque en nuestro país no contamos aún con un registro nacional de tumores suficientemente robusto, las estimaciones indican que cada año se diagnostican alrededor de 500 a 800 nuevos casos de cáncer de ovario. Esto lo posiciona como el tercer cáncer ginecológico más frecuente, después del cervicouterino y el de endometrio. Sin embargo, cuando hablamos de mortalidad, es el más letal de los tres.
La razón principal es tan compleja como preocupante: entre 70% y 80% de los casos se detectan en etapas avanzadas. A diferencia de otros cánceres, esta enfermedad no suele presentar síntomas específicos en sus etapas iniciales, y actualmente tampoco existen métodos de tamizaje efectivos que permitan un diagnóstico precoz. Como consecuencia, la mediana de sobrevida global es cercana a 47 meses y a cinco años apenas alcanza alrededor del 40%.
Frente a este escenario, el acceso oportuno a tratamiento especializado resulta fundamental. La cirugía realizada por equipos de ginecología oncológica y la quimioterapia siguen siendo la base del tratamiento, tanto en Chile como a nivel internacional, y han demostrado mejorar considerablemente la sobrevida y reducir las recurrencias.
En este sentido, es importante reconocer avances relevantes en políticas públicas. Desde 2013, el cáncer de ovario está incorporado dentro de las patologías GES, garantizando cobertura desde la sospecha diagnóstica y la biopsia, hasta la cirugía, la quimioterapia y el seguimiento posterior. Sin duda, esto representa un apoyo significativo para cientos de pacientes y sus familias.
Sin embargo, el desafío sigue siendo enorme. También es necesario fortalecer el acceso a estudios genéticos y terapias dirigidas, que hoy permiten prolongar significativamente la vida de muchas pacientes. Aunque existe la percepción de que el cáncer de ovario es principalmente hereditario, la realidad es que solo cerca del 7% de los casos corresponde a síndromes genéticos familiares. La mayoría son esporádicos. Aun así, conocer las alteraciones genéticas del tumor puede marcar una diferencia importante en las decisiones terapéuticas.
Pero hablar de cáncer también implica hablar de prevención. Y ahí existe una tarea pendiente como sociedad.
Muchas de las enfermedades que hoy afectan gravemente la salud de la población chilena están relacionadas con hábitos y estilos de vida. La obesidad, la hipertensión, la diabetes y el sedentarismo no solo aumentan el riesgo cardiovascular, sino también el riesgo de desarrollar distintos tipos de cáncer y de enfrentar peores resultados durante los tratamientos.
La prevención no depende únicamente de hospitales, ministerios o gobiernos. También requiere una responsabilidad individual y colectiva respecto del autocuidado. Alimentarse mejor, realizar actividad física, controlar enfermedades metabólicas y mantener una buena calidad de vida son decisiones que pueden impactar directamente en nuestra salud futura.
Hoy existe una verdadera alerta frente al cáncer en Chile, y el cáncer de ovario es una muestra clara de ello. No podemos seguir reaccionando solo cuando la enfermedad ya está avanzada. Necesitamos más conciencia, más prevención y más compromiso con el cuidado de nuestra salud. Porque enfrentar el cáncer no comienza en el pabellón quirúrgico ni en la quimioterapia. Comienza mucho antes: en las decisiones cotidianas que tomamos sobre cómo vivir y cómo cuidarnos.