Acaba de fallecer a los 96 años Jürgen Habermas, uno de los filósofos principales de nuestra época. Este autor alemán tuvo una prolífica vida intelectual. Pocos han hecho tal nivel de aportación a la reflexión como él, mezclando con sapiencia y profundidad la filosofía, la sociología y la teoría política sin perder de vista la ética pública.
En lo principal, su contribución radica en comprender "cómo puede sostenerse una democracia racional y legítima en sociedades modernas complejas". Frente a su trabajo, todos destacan que la democracia fue el hilo conductor de toda su obra. Su biógrafo, el sociólogo Stefan Muller-Doohm, destacó que la democracia era la "palabra mágica" de su pensamiento. De manera explícita, defendió con fuerza la idea que la política moderna tenía como desafío el profundizar la democracia y la racionalidad pública, y no dejarlas abandonadas.
Según su enfoque, una democracia legítima requiere un debate público abierto, una adecuada participación ciudadana y con instituciones que traduzcan ese debate en decisiones. De ahí la importancia que otorgó al funcionamiento de los parlamentos, la "buena" opinión pública y el rol de los medios de comunicación y la sociedad civil.
Bajo su concepción, la democracia no significa exclusivamente votar, sino deliberar colectivamente sobre el bien común. De manera complementaria, destacó que una "democracia sana se basa en procesos de comunicación donde los argumentos pesan o importan más que el poder".
El argumento central es que la sociedad no solo funciona por poder o dinero, sino que también por una comunicación racional entre las personas. En consecuencia, la "Acción Comunicativa" es cuando efectivamente las personas dialogan para entenderse y llegar a acuerdos racionales. Por ello, propuso una forma de ética basada en el diálogo racional entre personas libres e iguales.
En esta dirección, mantuvo un permanente interés por el concepto de la esfera pública, que entendía como el espacio donde los ciudadanos debaten asuntos de interés común. Por ejemplo, en la prensa, en los debates públicos, en las asociaciones y también en los espacios cívicos de todo tipo. De ahí su advertencia que el espacio de la esfera pública puede deteriorarse cuando el poder económico domina la comunicación, cuando los medios se vuelven propaganda "interesada" y cuando la política se transforma en marketing o acciones vacías sin contenido.
Pues bien, bajo el tamiz de la profusa reflexión de Habermas, vale la pena preguntarse ¿qué nos diría sobre nuestra democracia?
En términos personales, creo que nos diría que estamos al debe. Sin duda, Chile tuvo una notable transición a la democracia post dictadura. Pero aquel impulso cívico se ha ido diluyendo en una sociedad cada vez más difícil de gobernar.
Tenemos que reconocer la debilidad en nuestra deliberación democrática. El debate de ideas se ha desplazado desde los argumentos hacia la confrontación política permanente. Hoy importa más la posición que la razón y predominan los mensajes simples para problemas complejos.
Así, nuestra "esfera pública" ha experimentado transformaciones importantes como el uso de las redes sociales como principal espacio de debate. También la pérdida de confianza en las instituciones de la democracia representativa y una fragmentación en los actores del sistema. Nuestra esfera pública se ha atomizado y ha perdido eficacia para empujar acuerdos que le hagan sentido a la mayoría. Aunque sea duro decirlo, la política chilena se ha vuelto excesivamente pendular y, a ratos, dominada por una lógica de "pelea de cantina".
En consecuencia, soy de los que creen que la democracia chilena, bajo una perspectiva de mediano plazo, debe hacerse cargo de la tensión provocada por instituciones políticas que han perdido eficacia, y de un debate público sin la profundidad que se requiere para abordar aquellos problemas de alta complejidad que hoy dominan la agenda pública.
Y ¿por qué esto es importante? Porque, por ejemplo, no tendríamos que haber esperado 10 años para que una reforma necesaria se apruebe como fue el caso de pensiones o para que un tema que debe ser tratado como política de Estado, como la seguridad, no se aborde desde una mezquina trinchera política.
Seamos claros. Cuando la deliberación pública se debilita o la ciudadanía pierde confianza y se desacopla de los asuntos políticos, la democracia enfrenta problemas de legitimidad.
Probablemente, el profesor Habermas nos diría que la tarea de nuestra democracia es precisamente mejorar la calidad de la política y el diálogo en la esfera pública como el único camino para recuperar un gobierno legítimo y eficaz. De eso se trata, en definitiva, una buena democracia.
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