Hace 52 años, un día 17 de julio, murió Horacio Walker Larraín ("HWL"). Leyendo los discursos y testimonios que se dieron o publicaron por la prensa en esos días, se advierte que éstos no comenzaron recordando los cargos que desempeñó (senador, ministro de Justicia, ministro de Relaciones Exteriores, embajador o cofundador de la Democracia Cristiana), sino más bien se centraron en destacar ciertas características de su vida pública, que creo vale la pena recordar, a partir de lo que algunos próceres dijeron de él:
Pocas definiciones expresan mejor el espíritu de una convivencia democrática madura. Defender con firmeza las propias ideas no exige descalificar a quien piensa distinto. La autoridad moral no nace de la estridencia, sino de la coherencia entre las virtudes que se declaran y las que se practican, y el diálogo racional y respetuoso debe ser la única forma de dialogar con quienes piensan distinto.
Creo que no es menor el hecho de que estos testimonios provinieron de dos políticos que, a pesar de que compartieron los mismos valores, tuvieron trayectorias distintas. A diferencia de Frei, Aylwin nunca fue militante del viejo Partido Conservador (que HWL presidió), sin embargo, ambos coincidieron espontáneamente en destacar las mismas virtudes: rectitud, cultura, austeridad, consecuencia, espíritu de servicio y respeto por las instituciones. Esa coincidencia constituye, probablemente, el reconocimiento más valioso que puede recibir un servidor público.
Al final, el tiempo aplica un juicio más exigente que cualquier elección o encuesta. Los cargos se olvidan, las polémicas se disipan y solo permanece la huella moral de una existencia. Esa es, quizás, la principal enseñanza que deja Horacio Walker: el verdadero prestigio no se construye sobre el poder, sino sobre el carácter; no sobre la notoriedad, sino sobre el servicio honesto y desinteresado.
Creo que bien vale la pena recordar a estos servidores públicos ejemplares, no para reproducir otra época, sino que para recuperar aquello que nunca pierde vigencia: la honestidad, el respeto por las instituciones, la preparación intelectual, la capacidad de dialogar y la convicción de que el bien común debe prevalecer siempre por sobre cualquier interés personal o partidista. Es de esperar que en los próximos cincuenta años pudiéramos decir de nuestros dirigentes políticos lo mismo que los expresidentes Aylwin y Frei dijeron de don Horacio (el discurso completo de Aylwin y la columna de Frei publicada en El Mercurio se pueden encontrar en patriciowalker.cl) y, por supuesto, de otros políticos valiosos que ha tenido nuestro país.