Horacio Walker y nuestro tiempo

Hace 52 años, un día 17 de julio, murió Horacio Walker Larraín ("HWL"). Leyendo los discursos y testimonios que se dieron o publicaron por la prensa en esos días, se advierte que éstos no comenzaron recordando los cargos que desempeñó (senador, ministro de Justicia, ministro de Relaciones Exteriores, embajador o cofundador de la Democracia Cristiana), sino más bien se centraron en destacar ciertas características de su vida pública, que creo vale la pena recordar, a partir de lo que algunos próceres dijeron de él:

  • Republicano, austero y honesto: Patricio Aylwin, en el discurso que, como presidente del PDC, leyó en su funeral lo describió como "un auténtico repúblico, consagrado al bien común de su pueblo, amante de las instituciones democráticas, cruzado del derecho y la justicia" y que "tenía el coraje de los que quieren ver la verdad más que su propia vida (...). El desempeño de estos altos cargos no le reportó beneficios personales (sino que) le significó, en cambio, conforme a la honrosa tradición de los políticos chilenos, privaciones y luchas, decepciones y sacrificios, compensados sólo por la tranquilidad de su conciencia, el aprecio o respeto de sus ciudadanos y la satisfacción de ver algunos sueños tomando cuerpo en la realidad"
  • Tolerante y firme en sus convicciones: el expresidente Eduardo Frei Montalva, en una columna de opinión titulada "Descansa el luchador", publicada por El Mercurio el día 20 de julio de 1974, destacó "la capacidad de evolucionar sin renunciar a las convicciones", reconociendo en Horacio Walker a un hombre que supo interpretar los cambios de su tiempo, contribuyendo a la renovación del humanismo cristiano sin abandonar los principios que guiaban su vida.

Pocas definiciones expresan mejor el espíritu de una convivencia democrática madura. Defender con firmeza las propias ideas no exige descalificar a quien piensa distinto. La autoridad moral no nace de la estridencia, sino de la coherencia entre las virtudes que se declaran y las que se practican, y el diálogo racional y respetuoso debe ser la única forma de dialogar con quienes piensan distinto.

Creo que no es menor el hecho de que estos testimonios provinieron de dos políticos que, a pesar de que compartieron los mismos valores, tuvieron trayectorias distintas. A diferencia de Frei, Aylwin nunca fue militante del viejo Partido Conservador (que HWL presidió), sin embargo, ambos coincidieron espontáneamente en destacar las mismas virtudes: rectitud, cultura, austeridad, consecuencia, espíritu de servicio y respeto por las instituciones. Esa coincidencia constituye, probablemente, el reconocimiento más valioso que puede recibir un servidor público.

Al final, el tiempo aplica un juicio más exigente que cualquier elección o encuesta. Los cargos se olvidan, las polémicas se disipan y solo permanece la huella moral de una existencia. Esa es, quizás, la principal enseñanza que deja Horacio Walker: el verdadero prestigio no se construye sobre el poder, sino sobre el carácter; no sobre la notoriedad, sino sobre el servicio honesto y desinteresado.

Creo que bien vale la pena recordar a estos servidores públicos ejemplares, no para reproducir otra época, sino que para recuperar aquello que nunca pierde vigencia: la honestidad, el respeto por las instituciones, la preparación intelectual, la capacidad de dialogar y la convicción de que el bien común debe prevalecer siempre por sobre cualquier interés personal o partidista. Es de esperar que en los próximos cincuenta años pudiéramos decir de nuestros dirigentes políticos lo mismo que los expresidentes Aylwin y Frei dijeron de don Horacio (el discurso completo de Aylwin y la columna de Frei publicada en El Mercurio se pueden encontrar en patriciowalker.cl) y, por supuesto, de otros políticos valiosos que ha tenido nuestro país.