Jaime Guzmán, su octogésimo natalicio

Hace 80 años, un 28 de junio de 1946, nació Jaime Guzmán Errázuriz. Hombre clave de su tiempo, y pese a haber sido asesinado hace ya 35 años, su nombre continúa despertando interés. De su vida y obra se sigue esparciendo tinta.

Pocas personas han dejado una huella tan profunda en la institucionalidad chilena. Abogado, profesor universitario, dirigente gremialista, senador de la República y fundador de la Unión Demócrata Independiente, Guzmán fue un actor decisivo en la configuración política del país durante las últimas décadas del siglo XX. Su participación en la elaboración de la Constitución de 1980, su capacidad para articular un proyecto político de largo aliento y su influencia en la formación de generaciones de dirigentes lo convirtieron en una referencia ineludible para la derecha chilena.

La sola persistencia de las instituciones y movimientos asociados a su nombre permite dimensionar la magnitud de su legado. El Movimiento Gremial de la Universidad Católica, surgido bajo su liderazgo en los años sesenta, continúa siendo una de las agrupaciones universitarias más longevas del país. La Unión Demócrata Independiente, fundada por él en la década de 1980, ha sido durante décadas uno de los partidos políticos más influyentes de Chile. Incluso la Constitución de 1980, aún con sus modificaciones a lo largo de los años, sigue rigiendo los destinos de la nación. Pocas figuras pueden exhibir una influencia tan duradera sobre la vida pública chilena.

Sin embargo, reducir a Jaime Guzmán únicamente a su dimensión política e institucional sería, por lo bajo, insuficiente. Detrás del dirigente, del académico y del parlamentario existía una faceta mucho más profunda, que fue en realidad la que dio sentido a todas las demás: su fe.

Quienes lo conocieron de cerca coinciden en destacar que la preocupación por los temas trascendentes estuvo presente desde muy temprano en su vida. Su interés por la filosofía, la teología y las grandes preguntas sobre el sentido de la existencia no fue una inquietud pasajera ni una simple consecuencia de sus convicciones políticas. Constituyó el núcleo mismo de su personalidad. Para Guzmán, la acción pública no podía desligarse de una determinada concepción del ser humano, de su dignidad y de su destino trascendente.

Esa convicción se manifestó no solo en sus escritos o discursos, sino también en una permanente preocupación por las personas que lo rodeaban. Numerosos testimonios recuerdan su disposición para conversar sobre materias espirituales, acompañar a amigos y cercanos -y a más de un "adversario"- en momentos difíciles y compartir aquello que consideraba esencial: la búsqueda de la verdad y la salvación del alma. Desde esta perspectiva, la política no era para él un fin en sí mismo, sino una expresión más de un compromiso que entendía como profundamente cristiano.

Resulta llamativo que esta dimensión sea, muchas veces, la menos explorada. A pesar de los numerosos libros, investigaciones y artículos publicados durante estas tres décadas y media desde su muerte, el interés suele concentrarse -y en muchas obras agotarse- en el dirigente político, mientras que el hombre de fe permanece relativamente relegado. Sin embargo, comprender esta faceta resulta indispensable para entender cabalmente al personaje.

Quizás sea precisamente esta incomprensión la que explique por qué, a ochenta años de su nacimiento, Jaime Guzmán continúa siendo objeto de estudio, debate y controversia. En una época marcada por la inmediatez, la volatilidad de las ideas y la rápida sucesión de referentes públicos, pocas figuras conservan la capacidad de interpelar a generaciones que ni siquiera alcanzaron a conocerlas... y, no obstante, aquí está Guzmán.

Recordar su natalicio constituye una oportunidad para reconocer que la historia reciente de Chile y, con ello, buena parte de nuestro presente, no pueden comprenderse plenamente sin considerar las ideas y creencias que constituyeron el actuar de este hombre que estuvo a la altura de sus circunstancias.

A 80 años de su nacimiento, Jaime Guzmán continúa siendo una presencia moral y política que invita a la reflexión. Y esa, probablemente, sea una de las manifestaciones más evidentes de la magnitud de su legado.