La doble muerte de Salvador Allende

Allende murió dos veces. La primera un 11 de septiembre de 1973. Fue el día de su autosacrificio. Esa fecha lo consagró como un líder trágico, que sucumbió luchando de un modo que él nunca hubiese querido, pues lo suyo era la política. En esta última confrontación, Allende no quiso matar, pero tampoco permanecer vivo a un precio indigno: ser puesto a la fuerza en un avión, que probablemente hubiese sido derribado por el flamante dictador. El autosacrificio es el costo de la resistencia más firme contra la opresión y, también, la única invencible: el tirano pierde, toda posibilidad de obtener la obediencia.

El autosacrificio de Allende transformó su derrota en triunfo. Cuando parecía que su oponente le iba a someter, el héroe presidencial, como aquellos de la literatura griega, pudo anticipar su destino y darle un nuevo sentido, aunque no evitarlo. Evitarlo hubiese requerido un gran acuerdo con el centro político y un diálogo profundo con los cristianos, no con los de izquierda, que ya estaban con él, sino con aquellos que anteponen sus costumbres y sus creencias a la política. América está poblada por múltiples ateísmos, teísmos y confesiones: europeos, neo-indígenas, asiáticos y muchas formas de religiosidad híbrida, nos guste a no a los que no somos creyentes. Ese es un núcleo supra político y permanente.

La segunda vez Allende murió el 3 de marzo de 2000, cuando Frei Ruiz-Tagle y su ministro Insulza trajeron de vuelta a Pinochet, quien estaba detenido en Londres por crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles. El infinito esfuerzo desplegado por los principales líderes de la Concertación de 1998 por proteger a Pinochet de un juicio justo en Europa reflejó la despolitización de la política concertacionista y fue, por ello, el comienzo del desmoronarse de esa coalición, tan valiosa hasta esa fecha.

Despolitización es entregarse a la ideología de que solo vale el interés privado y el abandono de la justicia como objetivo de Estado.

La Concertación se derrumba por Frei Ruiz-Tagle e Insulza, tanto por su gestión en favor de Pinochet como por convertirse en símbolos de que los simpatizantes de la coalición ya no tenían cabida en ella. Con la detención de Pinochet surgió el periódico The Clinic. Cierto es que The Clinic es un contra-eco ñuñoíno y satírico de las modas y temas de Las Condes, pero ¡qué acierto de nombre! Ese periódico simpatizó con la euforia y la mofa popular por la detención de Pinochet en una clínica de Londres. Por mientras, los líderes de la Concertación, más errados que nunca, se daban codazos por aparecer, muy serios, en El Mercurio.

Nunca hubo necesidad política de traer a Pinochet de vuelta a Chile: fue un capricho. En 1998, cuando fue detenido, el dictador tenía escaso poder. Estaba, además, en manos de una potencia y reclamada por otra. Ambas le podían asegurar un juicio justo por sus crímenes. Los berrinches del Ejército eran inútiles ante el Reino Unido y España. Frei e Insulza complacieron a quienes orquestaron la muerte de Allende y, con eso, escenificaron una vez más, metafóricamente, la tragedia de 1973. Esta fue la segunda muerte de Allende, pero a diferencia de la primera, en esta ya no fue posible su autosacrificio.

¿Todo se perdió, en esa segunda representación? La historia urde tretas y nada, en ella, es definitivo. La coalición de centro-izquierda de la Concertación tuvo muchos logros, y también malogros, pero fue, durante la primera mitad de su existencia, el mejor instrumento para salir de la dictadura. Al traer de vuelta a Pinochet, la Concertación se desplazó innecesariamente en favor del campo contra el que había combatido. Con ello, tanto los militantes de base como la mayoría de la población perdieron identificación con la alianza y quedaron en la orfandad política. Con escasas excepciones de algunos dirigentes históricos, esos partidos se convirtieron en una cúpula celosa de no devolver el poder que obtuvieron del pueblo en su búsqueda, por parte de este, de justicia en 1990.

Gracias al bochorno de Frei e Insulza tenemos hoy una nueva oportunidad. Es necesario recoger la tardía sabiduría de Allende, quien sólo tardíamente percibió que, sin pequeña propiedad privada, sin la alianza de centro e izquierda, no hay justicia. Hoy, podemos agregar: sin un medio ambiente que nos permita vivir y sin incluir los múltiples ateísmos, teísmos y religiones tan propias de un continente híbrido, como es América, tampoco hay posibilidad de gobierno. Esa sabiduría puede, en la actualidad, ser adquirida por Boric. De ello depende, no sólo que llegue a ser Presidente, sino que pueda gobernar.

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