Más allá de la deleznable agresión a la ministra Ximena Lincolao en la Universidad Austral, las posteriores declaraciones del rector Montecinos merecen una reflexión por sí mismas. A su juicio, todo se volvió inmanejable por haber optado por el diálogo, lo que solo denota cierta inconsistencia y ligereza en el uso del concepto.
El diálogo no se da por arte de magia, sino que se trabaja. En concreto, podría ser definido como una actividad que puede ser entrenada y, por tanto, promovida en distintos contextos. Entenderlo así es exigente, pues, de alguna u otra forma, obliga a identificar y enfrentar desafíos bastante concretos.
El ejercicio del diálogo es especialmente demandante, porque implica reconocer nuestra propia identidad como interlocutores. Todos tenemos ideas preconcebidas, valores y experiencias de vida que nos hacen más o menos predispuestos a abrirnos a nuevas posibilidades. Si en verdad buscamos el diálogo, no se nos exige renunciar a nada de eso, sino que simplemente reconocerlo, mostrarlo y desafiarlo. Puesto así, se trata de una aventura particularmente difícil, pero al mismo tiempo esencial. Si queremos acuerdos, corresponde exponer nuestras eventuales fuentes de sesgos.
Una segunda idea -entre muchas otras que rodean este concepto- se relaciona con trabajar las condiciones, materiales o no, que hacen el diálogo posible. No se puede generar la actividad si antes no se promueve el respeto y la confianza, pero tampoco si lo que prima es el caos y el desorden. Esto es primordial, pues ayuda a entender que la función de los verdaderos promotores del diálogo sería, precisamente, asegurar un entorno que lo haga posible.
Si uno piensa en estas dos cosas, podremos advertir lo equivocado que ha estado el rector Egon Montecinos. Primero, en cuanto la autoridad universitaria optó por enfrentar el conflicto desde una aparente neutralidad y ecuanimidad, como una suerte de mediador abstraído del conflicto que buscaba solucionar. El problema es que ese rol no se condice con lo que todos vimos: un actor (legítimo) que forma parte del conflicto, con presencia antes, durante y después de su arista más violenta. Al no reconocer esto, se está evadiendo el problema de fondo, pero también se está impidiendo la verdadera dinámica que lleva a los acuerdos, pues primero hay que reconocerse para reconocer al otro. A mi juicio, es por esto que la posterior arqueología twittera generó tanta molestia, en cuanto sus declaraciones pasadas mostraban, precisamente, que no se trataba de un mediador, sino más bien de un actor principal que, de hecho, trataba de estúpidos a los mismos que habían sido recibidos y agredidos en su casa de estudios.
A esto se le suma un segundo problema, pues las posteriores declaraciones de Montecinos sugieren una dicotomía entre el actuar policial y el diálogo. En algunas entrevistas señaló que, como autoridades universitarias, habrían optado por lo segundo, es decir, por la opción "más académica". Sin embargo, bien podremos advertir que esa conclusión se desprende de un entendimiento bastante simplón y frívolo, que poco tiene que ver con las lógicas esperables en una situación de crisis o conflicto. El ambiente de respeto -y el uso de la fuerza policial para propiciarlo- no es antagónico al diálogo, sino más bien uno de sus supuestos más esenciales.
Con todo, me aventuro a sostener que gran parte de nuestros problemas como sociedad tiene que ver con la ausencia de diálogo y, por lo mismo, es muy importante que no desnaturalicemos el concepto.