Varios de nosotros salimos muy impresionados de la presentación que Jorge Antonio Quiroz hizo en el CEP durante la campaña presidencial. Hablaba de detalles, hablaba de la vida económica concreta. Cuestionaba, por ejemplo, los planes de urbanismo de Santiago, abogaba por una mayor densidad urbana en Vitacura y consideraba estúpido y costoso financiar allí una línea de Metro.
Pues bien, nos dijimos, he aquí alguien que defiende un Estado activista, atento al detalle, consciente de que una buena política económica no es otra cosa que un conjunto de buenas medidas de política económica encadenadas, incluidas intervenciones públicas sectoriales.
Nos equivocamos. Una vez instalado en Teatinos, Quiroz se ha puesto un traje que no le queda bien: el de macroeconomista. Ya solo parece capaz de actuar mediante medidas transversales aplicadas desde lo alto, diseñadas para perturbar lo menos posible los equilibrios de mercado.
Así, ¿hace falta crecimiento e inversión? Bajemos transversalmente el impuesto corporativo (IC) a todas las empresas por igual -salvo las pymes, que conservan su tasa, eso sí-. Y se añade la integración al 100%, que no es más que un beneficio para las personas naturales. Así, ¿hace falta empleo? Bajemos transversalmente el costo de los empleos ya existentes. Pero los especialistas en mercado laboral saben que los empleos nuevos requieren incentivos muy focalizados.
El resultado es un plan marcado por una dilución extrema: todos se benefician, los necesiten o no, cada vez por montos pequeños pero muy costoso al final. El Estado permanece en las alturas y trata de ser lo más neutral posible en sus efectos intersectoriales -sin hablar del carácter regresivo del plan en su conjunto, que es otro tema-. No se abandona la lógica de una política macroeconómica mediante ajustes desde arriba, muy similar a la manera de ejercer la política monetaria, cuando lo que Chile necesita es un verdadero impulso al aparato productivo.
He expuesto en este lugar mis dudas sobre el efecto de la baja del IC. Pero entremos en detalle. ¿Bajar el IC a los bancos reducirá el costo del crédito o hará que contraten más ejecutivos? Santander Chile es mucho más rentable que Santander España; ya tiene, por tanto, capacidad para ambas cosas, pero lo que espera es más crecimiento antes. Las AFP, ultra rentables, ¿van a contratar o van a distribuir aún más dividendos a sus accionistas? ¿Y qué ocurrirá con los concesionarios de autopistas, telefonía, agua, electricidad? ¿Van a invertir de repente porque el IC baje cuatro puntos y se les garantice esa rebaja por 25 años? Quizás, pero los equipos ya están instalados y son asunto de revisión. Su elección financiera será más bien aumentar dividendos y estos, al partir al exterior, no regarán la demanda interna.
Se podría haber sido más específico. Cuando tienes poco dinero, tienes que elegir los objetivos que realmente importan. Por ejemplo, contemplar una desgravación fiscal para la compra de bienes de capital en todas las empresas agrícolas o industriales: he ahí un shock inmediato de productividad (con precauciones por el empleo); o sea, bajar el IC sobre toda inversión en la energía limpia. ¿No habría que subsidiar temporalmente las nuevas contrataciones formales en lugar del stock? ¿No habría que fortalecer la Corfo o la Afide para estimular la creación de startups o la inversión en I+D?
Sí, pero eso es hacer política industrial, vocablo maldito, incluso es hacer microeconomía. Se me olvidaba algo en la lista. Hay sí una medida verdaderamente categorial en el plan, que es suprimir el impuesto territorial para los propietarios mayores de 65 años. En términos de crecimiento, es simplemente nulo.
Una palabra final sobre el contexto psicológico de la Comisión Marfan, que recomendó por unanimidad en 2023 -derecha e izquierda juntas- la baja del IC. Mario Marcel intuía que para sacar adelante su reforma tributaria, había que hacer una concesión a la derecha, que nunca había digerido la reforma Bachelet sobre la tributación de las empresas. Intento vano, como se sabe. Pero esa concesión, un IC al 25%, abriría una autopista táctica para el oficialismo de hoy, que puede argumentar que la oposición defiende la misma medida. No, responde ahora la oposición con voz lastimera, nosotros queríamos una baja, pero con compensación presupuestaria. Pero esa compensación la tienen, contesta Quiroz, porque yo bajo los gastos. De ahí que sea cuesta arriba para la oposición cuestionar el componente fiscal de la ley de reconstrucción.
Hoy sabemos que la Comisión Marfan fue demasiado perentoria. ¿Quién puede razonablemente cuantificar, sobre base científica, el efecto de una baja de impuestos sobre la inversión en el contexto muy particular de Chile -que, por lo demás, nunca ha tenido esa experiencia-? Eso es empujar a la economía más allá de sus capacidades predictivas.