La paradoja de las enfermedades infecciosas

Existe una paradoja que caracteriza nuestro tiempo: nunca habíamos sabido tanto sobre las enfermedades infecciosas y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan expuestos a ellas. Durante buena parte del siglo XX, la lucha contra las enfermedades infecciosas fue una de las grandes historias de éxito de la humanidad.

No fue sólo el resultado de avances biomédicos, sino también de mejoras en nutrición, saneamiento, vivienda, educación e infraestructura sanitaria. La expansión de las vacunas, el uso de antibióticos y el fortalecimiento de los sistemas de salud desplazaron la atención hacia enfermedades crónicas como el cáncer o la diabetes. Parecía razonable pensar que las amenazas infecciosas perderían protagonismo. Sin embargo, la pandemia de Covid-19, el rebrote del sarampión y la expansión de enfermedades vectoriales como el dengue, recuerdan que el riesgo no desapareció; sólo cambió su naturaleza.

Nunca habíamos tenido una capacidad comparable para comprender cómo surgen, evolucionan y se transmiten los patógenos. Podemos secuenciar genomas, reconstruir cadenas de transmisión y seguir brotes en tiempo real. Pero ese conocimiento convive con transformaciones igualmente profundas: urbanización acelerada, cambio climático, una conectividad global sin precedentes, y una presión creciente sobre los ecosistemas. La frontera entre humanos, animales y ambiente se ha vuelto más porosa.

El resultado no es simplemente el retorno de viejas enfermedades, sino la consolidación de un nuevo tipo de riesgo: más frecuente, más rápido y más difícil de contener. Un brote en un lugar remoto ya no se queda allí. Esto obliga a cambiar el enfoque. El desafío ya no es sólo contener epidemias, sino desarrollar capacidades permanentes para anticiparlas en un entorno donde la incertidumbre es estructural.

La verdadera brecha, entonces, no está en el conocimiento, sino en nuestra capacidad de transformarlo en acción. Chile cuenta con investigadores, universidades e instituciones públicas con experiencia. La tarea es consolidar esas capacidades, fortalecer las redes de colaboración y producir mejor ciencia al servicio de la toma de decisiones. El desafío del siglo XXI no será responder a la próxima epidemia, sino reconocerla antes de que tenga nombre.