Cuando una nueva oportunidad llega a la ONU

A fines de este mes, una joven latinoamericana tomará la palabra en Naciones Unidas. Frente a representantes de gobiernos, organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil, compartirá una experiencia que no nació en una sala de conferencias, sino en un aula donde tuvo la oportunidad de volver a creer en sí misma.

Lisseth Inga, migrante peruana y egresada de Fundación Súmate, fue escogida por Fe y Alegría para representar a las y los jóvenes del continente en la segunda sesión del Grupo de Trabajo Intergubernamental de Naciones Unidas que busca avanzar en un nuevo Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño, destinado a fortalecer el derecho a una educación pública y gratuita.

Es una noticia que nos llena de alegría. Pero, sobre todo, de esperanza.

Porque Lisseth no llega a Ginebra solo por sus méritos personales. Llega representando a miles de niños, niñas y jóvenes que alguna vez quedaron fuera del sistema escolar y que, gracias a una segunda oportunidad, pudieron reconstruir su trayectoria educativa y volver a proyectar un futuro.

Su historia confirma algo que quienes trabajamos en reingreso educativo vemos todos los días: el talento nunca desaparece. Lo que muchas veces faltan son oportunidades, acompañamiento y una escuela capaz de comprender que las trayectorias de vida no siempre son lineales.

En Fundación Súmate conocemos esas historias. Sabemos que detrás de la exclusión escolar suele haber pobreza, migración, violencia, problemas de salud mental, maternidad o paternidad tempranas, responsabilidades de cuidado o un sistema que no logró responder a tiempo. Pero también sabemos que ninguna de esas circunstancias define para siempre el destino de una persona.

Cuando una comunidad educativa vuelve a abrir la puerta, los jóvenes responden. Recuperan aprendizajes, reconstruyen vínculos, descubren capacidades que ni ellos mismos imaginaban y vuelven a creer que tienen un lugar en la sociedad.

Por eso emociona especialmente que sea una egresada de nuestras escuelas quien hoy lleve esa experiencia hasta Naciones Unidas. No hablará solo de su historia. Hablará de un derecho que todavía millones de niños y jóvenes ven interrumpido. Y recordará que las políticas públicas son más sólidas cuando incorporan la voz de quienes conocen esa realidad desde la experiencia.

Hay un simbolismo que no deja de conmovernos. José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría, soñó hace casi 70 años con "una escuela donde termina el asfalto", una escuela capaz de llegar a quienes el resto del sistema dejaba atrás. Ese sueño cruzó fronteras, llegó a Chile y hoy sigue vivo en cada estudiante que encuentra una nueva oportunidad para aprender.

Que una joven nacida en Perú y titulada de cuarto medio en una escuela de reingreso chilena represente hoy a las juventudes de América Latina en un debate sobre el futuro del derecho a la educación es la mejor demostración de que ese sueño sigue creciendo.

En Ginebra escucharán la voz de Lisseth. Nosotros escucharemos algo más: la confirmación de que una nueva oportunidad puede cambiar una vida. Y que cuando eso ocurre también puede ayudar a transformar la educación y vida de muchos otros.