Noventa votos a favor, 59 en contra y una abstención. Esa fue la votación en general del primer triunfo legislativo importante del gobierno del Presidente Kast. En menos de un mes, La Moneda logró aprobar en primer trámite no solo la idea de legislar del proyecto de reconstrucción nacional, sino también su corazón programático, con la rebaja al impuesto corporativo, la reintegración tributaria, la invariabilidad tributaria por veinticinco años y la exención de contribuciones para adultos mayores, entre otras medidas. El resultado fue claro, aunque llegó después de una tramitación con más sobresaltos de los que esos números dejan ver.
¿Por qué ganó el Gobierno con tanta contundencia y por qué la oposición perdió como perdió?
Partamos por el Ejecutivo. La Moneda negoció bancada por bancada, con un Presidente presente en las reuniones decisivas. Hubo encuentros en La Moneda, en Cerro Castillo y varias bilaterales que no siempre estuvieron en la agenda pública, pero que se notaron en las comisiones y en la sala. Republicanos, la UDI y RN se mantuvieron alineados, el PNL respaldó desde fuera del gabinete como socio ideológico, y el Partido de la Gente terminó entregando votos clave.
Esto último merece una nota aparte. El PDG cumplió su palabra y dejó atrás, al menos por ahora, el mote de fuerza impredecible que arrastraba desde la legislatura pasada. Pero conviene no confundirse. No es una alianza ideológica, sino un acuerdo político. Y los acuerdos hay que renovarlos cada vez.
La oposición, en cambio, apostó por una estrategia que terminó jugando en su contra. Las cerca de 1.300 indicaciones anunciadas en un video viral parecían buscar una imagen de resistencia, pero terminaron recordando el mismo manual obstruccionista usado durante la segunda administración de Sebastián Piñera. El problema es que esta vez la cancha era distinta y había lecciones aprendidas. Lejos de desordenar al oficialismo, la ofensiva terminó ordenándolo. Le dio un adversario común y alineó a sus diputados en la Comisión de Hacienda, votación tras votación, incluso hasta la madrugada.
Al concentrar la discusión en la forma, la oposición abandonó el fondo, que era precisamente el terreno donde podía tensionar al gobierno y obligarlo a responder por los aspectos más sensibles del proyecto. En los hechos, volvió a instalar la sensación de que las discusiones sustantivas quedan para el Senado. La indicación sustitutiva con la que respondió el Ejecutivo fue lo esperable de un gobierno que sabe contar votos, y dejó sin efecto buena parte de la operación opositora.
La mejor prueba de que la estrategia estaba mal calibrada es que ni siquiera logró sostenerse en las comisiones de Trabajo y Medio Ambiente, donde la tramitación cambió de tono y avanzó con menos ruido y mayor rapidez. Esa diferencia también ayuda a entender lo ocurrido en Hacienda. No hubo épica legislativa, sino una mala apuesta política que terminó dándole al gobierno más cohesión de la que probablemente tenía al inicio.
Ahora el proyecto deberá enfrentar al Senado y el tercer trámite. La fotografía hacia adelante es más exigente. El PDG no tiene representación en la Cámara Alta y la oposición ya anticipó su rechazo a la idea de legislar. Los votos disponibles para construir mayoría son menos numerosos. A eso se suma un factor menos visible, pero no menor. Algunos senadores que en principio podrían apoyar el proyecto arrastran causas judiciales que, si avanzan hacia un desafuero, podrían complicar aún más el conteo final.
El Gobierno pasó su primera prueba con oficio legislativo y sentido práctico. Ahora tendrá que demostrar si esa capacidad alcanza también para una etapa más estrecha y probablemente más dura. Porque aunque el proyecto siga siendo el mismo, lo que viene en el Senado será un escenario distinto, con otros incentivos, otros equilibrios y un margen de error mucho menor.