Quedará en la historia

Cualquiera sea el punto de vista que se tenga ante la contingencia, no cabe duda que el “Acuerdo por la paz y una nueva Constitución” quedará en la historia del país y será objeto de análisis e interpretaciones diversas. Es lo que ocurre con los hechos trascendentes que marcan el curso de los acontecimientos e influyen de modo significativo en una situación determinada.

En efecto, el “estallido social” como se le llama mediáticamente a las multitudinarias manifestaciones de protesta ocurridas desde el 18 de octubre alcanzaron una masividad y potencia propia de una convulsión social en contra de la desigualdad que se fue acumulando y conteniendo durante décadas, pero que al fin salió a la superficie trastocando y removiendo el orden injusto que se alargó en contra de la necesaria evolución del país, durante ya demasiados años de abusos y privilegios desmedidos y odiosos.

Paralelas a las movilizaciones hubo acciones violentas como la destrucción de un alto número de estaciones del Metro de Santiago y de otras instalaciones públicas como municipios y oficinas de servicios a la población, además de saqueos e incendios a supermercados y otros centros comerciales o financieros, precipitando la declaración de un Estado de Emergencia que tuvo que ser levantado porque no hizo más que agravar la situación ante el descontrol de la respuesta represiva de Carabineros y la instalación en el centro del debate de la situación de los Derechos Humanos, precipitándose con ello marchas de una masividad sin precedentes que rechazaron que Chile estuviera en guerra como había aseverado el gobernante.

La grave, masiva y sistemática violacion de los Derechos Humanos fue determinante en la prolongación de las manifestaciones que se fortalecieron y ampliaron agudizando la brutalidad de la represión; en este cuadro, el uso de perdigones dejando ciegos a jóvenes chilenos cuyo único sueño y “delito” ha sido querer una sociedad mejor enervó la lucha social y colocó al gobierno ante un repudio total que redujo la aprobación al gobernante a menos del 10% de la población.

Es decir, personas de derecha, centro e izquierda, de las más diversas creencias religiosas y filosóficas, orígenes étnicos, condiciones sociales, culturales, sexuales y de genero rechazaron la brutalidad del accionar de Carabineros.

La conducta del Director General, violó en forma flagrante sus deberes constitucionales y legales, alimentando la conducta ilegal y deshonrosa de parte de sus subordinados.

La prolongación de las movilizaciones y su envergadura y amplitud llevaron a un cambio de gabinete que no sólo no pudo detenerlas sino que mostró a un gobierno desorientado y al Presidente de la República fuera de la escena y se configuró una crisis de gobernabilidad que se trasladó al ámbito económico con una caída de la producción “a la mitad”, según dichos del nuevo ministro de Hacienda, una acelerada subida del dólar y el reconocimiento de una recesión ad portas, es decir, la situación no aguantaba más. La declaración presidencial del martes recién pasado en la noche mostró al gobierno impotente ante la situación.

Ese escenario de una confrontación política y social inédita fue determinante para un Acuerdo Político imposible de lograr durante 40 años, esto es que se configurara un arco de fuerzas desde parte del Frente Amplio hasta la UDI, incluyendo al PS, el PPD, el PR, la DC y RN, para convocar y realizar un itinerario institucional que mediante un primer Plebiscito que aprueba o rechaza el término de la actual Constitución y otro final que ratifica o rechaza el nuevo texto constitucional, incluyendo la elección de una Convención Constituyente, que por su carácter y naturaleza es una Asamblea Constituyente, que llevará adelante la tarea de aprobación y promulgación de una nueva Constitución para Chile. 

En la práctica el texto impuesto por Pinochet en el 80, con sus modificaciones del 89 y del 2005, queda con fecha de término, sin embargo, el país no cae en el vacío donde se impone el que tiene el control de la fuerza y en que hubieran florecido los nuevos grupos de poder.

Es decir, pandillas y patotas armadas del narco en las poblaciones donde ya existen, pero en las que ante un vacío institucional hubieran proliferado como campañas, y en que en forma sucesiva la situación habría escapado de control y de la posibilidad de recuperar la gobernabilidad.

En las fuerzas involucradas hay opiniones discrepantes, incluso el PC no suscribió el Acuerdo. Es imposible que haya unanimidad. Ante ello es mejor poner el acento en lo que une y no en lo que divide. Hay que pensar que algunos de los mismos que impusieron la Constitución del 80 con todos sus costos, ahora aceptan un Plebiscito para que desde ese momento se comience a redactar una nueva Constitución. Se trata, sin duda, de una victoria del pueblo de Chile.

Los sueños de las personas que han salido a las calles a marchar y desfilar por la justicia social no podrían realizarse en medio de un caos social y el desgobierno, Chile no podía seguir parado, consumiéndose poco a poco, por eso, el Acuerdo para llegar a una nueva Constitución es trascendente y honra a quienes dieron el paso de suscribirlo, sin dejar de ser lo que son, dentro de sus diferencias y, al mismo tiempo, sabiendo distinguir el interés superior de Chile.

Pero, tampoco descalifica a los que desconfían y están a la espera. Son muchos los años de sinsabores que lo explican.

En lo personal, estaba en el exilio en 1980 cuando se impuso esta Constitución, luego en la clandestinidad, pensé que la fuerza democratizadora del triunfo del NO podría echarla abajo, pero resistió.

Los enclaves autoritarios fueron más poderosos de lo que habíamos creído y su indeseable presencia esta aún en el camino, he vivido avances formidables y he cometido errores, pero ahora soy testigo de una victoria democrática insospechada gracias, una vez más, a la lucha de nuestro pueblo. No hay que cejar y seguir adelante.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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