¡Quédate en casa!

José Saramago, portugués, Premio Nobel 1998,  con su obra “Ensayo sobre la ceguera”, me dejó perplejo.

Un best seller de ciencia ficción, apocalíptica, de un realismo angustiante, que el autor para no ser menos que sus personajes, nos narra en una casi perfecta secuencia el caos social a consecuencia de las bajezas del ser humano. Con sus distintas ocultas dimensiones por “resistir” ante la perversa enfermedad: “la ceguera del alma y del cuerpo”, que nos convierten en animales irracionales.

Las pandemias generalmente son de origen desconocido. Lo poco que sabemos, es que el virus en cuestión jamás será “amigable” al contrario es destructivo, miles de víctimas inocentes han muertos ya por su causa. Hasta el momento la agonía por la sobrevivencia se traduce en la vaga esperanza de una pronta cura.

Nos vemos enfrentado a una guerra, con un enemigo invisible. Muy desigual. Líderes mundiales informados no le hicieron caso. Hoy a pesar de su tozudez, están perdiendo la batalla para desgracia de la débil humanidad.

Conflicto pandémico que comenzó en China (Wuhan). Aunque intenten negarlo para desligarse de sus responsabilidades, éticas y morales, no tenemos señal alguna, hasta dónde se prolongará, menos en que catastróficas condiciones terminará.

El maléfico virus, ataca por todos los flancos posibles, ninguna nación por poderosa que esta sea, está libre del masivo contagio. El pánico comienza a penetrar en países, que sus autoridades creían inmunes.

Algunas naciones del tercer mundo con sus miserias sanitarias, al borde de la quiebra, hacen lo imposible por mitigar los efectos del letal virus, en la débil población adulta contaminada.

Pareciera increíble que en pleno siglo XXI, la fragilidad planetaria sea tan evidente, donde la sociedad pende de un hilo, cuyos daños personales y colectivos están por verse, aún es muy temprano para llevarlo a números, los ciegos que no quieren ver la magnitud de la hecatombe, caerán por su falso orgullo.

Por de pronto los mercados nacionales e internacionales están desplomándose, los desempleados son proporcionales a los cierres de fábricas y empresas, los estudiantes no asisten a clase y las cuarentenas están causando estragos en la convivencia, con una violencia intrafamiliar en aumento, solo para señalar algunos daños colaterales que causa el coronavirus.

Lo indignante es el abuso de algunos comerciantes y empresarios, inescrupulosos que aprovechándose de la oportunidad hace al ladrón de cuello y corbata, encarecen los principales productos, remedios e insumos de protección, especulando los venden en el mercado informal.

El hedor es fuerte en la Banca, esa misma que en la crisis del 82-83, en plena dictadura militar el Banco Central, les compró la deuda a todos los bancos quebrados, con una minúscula tasa al 5 % anual y con un plazo a 40 años. El salvataje hecho a los especuladores del régimen, fue inédito en la historia de la economía nacional.

Miles de pequeños empresarios, pymes o mi-pyme, deudores de créditos hipotecarios de consumo o simplemente de capital de trabajo, recurren a sus ejecutivos para una renegociación les dan con la puerta en la nariz. Nada de lo que han declarado a la prensa, es verdad. Son los mismos usureros de siempre, que no aprendieron la lección del estallido social del 18 octubre pasado.

Viles actitudes que no ayudan en recuperar el espíritu solidario que Chile requiere con urgencia. Muy diferente a la conducta de “héroes anónimos” de los y las trabajadoras de la salud.

El llamado a quedarse en casa, es una medida extrema, para detener el contagio. Una parte de la población irresponsable viaja a la costa o al campo, de vacaciones, esparciendo a diestra y siniestra el virus que mata sin que podamos impedirlo.

La necesidad de tomar conciencia de lo que está ocurriendo, nos implica a todos, sin excepción, para buscar acuerdos en conjunto.

Declarar que el arriendo de espacio Riesco vale menos que un sueldo de un parlamentario es un insulto gratuito, o sacarse una foto en el monumento a Balmaceda, en la plaza de la Dignidad, un día viernes, simplemente es abrir una herida a los caídos en las legítimas protestas, donde se reunieron pacíficamente sobre un millón quinientos mil compatriotas, repudiando la actual gestión. 

Presidente no juegue, con la voluntad y paciencia de la gente. Hoy se requiere un Gobierno de unidad nacional, donde todos y todas, puedan ser llamados a contribuir con su inteligencia y capacidad, sin excluir a nadie porque nadie sobra en Chile.

Aprenda de don Francisco, que a pesar de la adversidad en que nos encontramos como país, logró una vez más unir al pueblo chileno en esa magnífica obra la Teletón y llegar a la meta anhelada.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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