Relativización en política: un riesgo para la democracia

Parece ser una tendencia que ha llegado para quedarse. Durante 2025, especialmente en este período de campañas presidenciales, hemos sido testigos de un alarmante número de relativizaciones provenientes de diversos sectores, tanto de izquierda como de derecha. Esta práctica, lejos de generar consenso, está causando un daño considerable a nuestra sociedad y, lo que es más preocupante, a la misma democracia.

Un primer ejemplo lo encontramos en la candidata presidencial Jeannette Jara, quien durante su campaña para la primaria fue consultada sobre las situaciones políticas en Venezuela y Cuba. La respuesta de Jara fue, cuanto menos, controvertida. Definió a Venezuela como un país con "un régimen autoritario" y a Cuba como "un sistema democrático diferente al nuestro". Estas declaraciones fueron rechazadas transversalmente, pues al relativizar la grave situación de dos países donde la democracia está ausente y los derechos humanos son sistemáticamente vulnerados, la candidata trivializó problemas de una magnitud enorme.

El segundo episodio lo protagonizó Evelyn Matthei, candidata de Chile Vamos, quien en un programa radial afirmó que las muertes ocurridas durante la dictadura militar en Chile eran "inevitables". Esta declaración desató una ola de críticas no solo desde la izquierda, sino también dentro de su propio sector, debilitando incluso ciertos apoyos desde el centro. Con el tema ya olvidado por parte de Chile Vamos, y luego de sortear semanas difíciles, el encargado estratégico de Matthei, Juan Sutil, rescató el tema. En una entrevista reciente, Sutil afirmó que el período de 1973 a 1990 no debería considerarse una dictadura, dado que no perduró en el tiempo y culminó con una transición democrática. Este tipo de relativización ignora la violencia sistemática y las violaciones de derechos humanos que marcaron ese periodo y, lejos de contribuir al entendimiento, fomenta la polarización.

Aunque José Antonio Kast no ha realizado declaraciones directas sobre Augusto Pinochet, su simpatía por figuras como Viktor Orbán y su cercanía con otros regímenes de extrema derecha despierta inquietudes. Esta postura, sin duda, lo coloca en una posición incómoda, donde el relativismo parece ser la norma.

Estas relativizaciones, lejos de ofrecer soluciones o generar acuerdos, están alimentando la confrontación y la división en un momento crítico para la política chilena. En un contexto de creciente polarización, donde las posturas ideológicas extremas parecen prevalecer, el diálogo se ha convertido en una opción secundaria frente a la guerra de trincheras.

Es urgente que los candidatos que aspiran a ocupar un cargo de representación popular tan importante como la presidencia de la república generen espacios de diálogo, colaboración y, por encima de todo, un compromiso firme con la democracia. En un escenario global donde los estudios muestran una disminución de la confianza en la democracia, y la percepción ciudadana sobre su calidad es cada vez más negativa, tanto los políticos como los ciudadanos debemos evitar relativizar hechos históricos que son innegables, porque la verdad no tiene dos interpretaciones.

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