Salir del presente: el desafío del progresismo

Ante la contundencia de las derrotas electorales del progresismo, una tentación inmediata es refugiarse en la corrección: hubo excesos, falto responsabilidad, sobró voluntarismo. Que lo esencial, ahora, es ajustar prioridades, cambiar el tono, modernizar el lenguaje, afinar la comunicación. Todo eso puede ser necesario. Pero rara vez es suficiente.

El progresismo -y en particular el Socialismo Democrático- parece hoy atrapado en una paradoja: sabe que no puede seguir hablando solo hacia adentro, pero tampoco logra todavía formular ideas que vuelva a tensar el presente. Oscilando entre la nostalgia y la adaptación. Entre el pasado que ya no convoca y un presente que hay que aceptar tal como viene.

Se habita, así, un espacio suspendido entre la nostalgia de lo fue o pudo ser y una adaptación resignada a lo qué hay. Pero salir de ese encierro no consiste únicamente en abandonar los símbolos que el tiempo ha erosionado, ni en adoptar estéticas más eficaces. El desafío es más difícil: la dificultad para nombrar el conflicto sustantivo que estructura la vida social, más allá de la coyuntura y del clima de época.

Es innegable que amplios sectores viven con angustia el deterioro de la seguridad, la informalidad laboral, la precariedad cotidiana y los conflictos ambientales. Ignorarlo no es solo un error político, sino una forma de desconexión con realidades vitales. No obstante, reducir ese malestar a demanda de orden o de prioridades mal jerarquizadas, es un diagnostico incompleto. Lo que se expresa ahí no es solo miedo, sino una experiencia profunda de desprotección; no solo inseguridad, sino la fragilidad de la vida social en su conjunto.

Cuando Socialismo Democrático habla únicamente en clave de gestión responsable, corre el riesgo de ofrecer una política sin horizonte, de transformarse en una administración prudente de un presente, que, en el mejor de los casos, se administra, pero también se padece. Y sin horizonte que resuene socialmente, los triunfos electorales tienden a ser precarios: pueden ganar elecciones, pero difícilmente sostienen gobiernos o proyectos. ¿No es acaso esta orfandad de sentido, lo que puede ayudar a entender, al menos en parte, la llamada lógica pendular que ha caracterizado la alternancia ideológica de los gobiernos en Chile?

Tampoco basta con reemplazar la épica del pasado por una promesa difusa de bienestar individual. Si bien es imperativo reconocer el esfuerzo, las aspiraciones y la diversidad de trayectorias vitales de una sociedad diversa, este reconocimiento carece de potencia si eso no se articula con una crítica estructural a las formas actuales de desigualdad, inseguridades vitales y precarización de la vida cotidiana. Sino el discurso termina pareciéndose demasiado a aquello que dice querer disputar.

Se trata entonces de recuperar algo más exigente: la capacidad de disputar el presente sin resignarse a él.

Algo similar ocurre con el entusiasmo y fascinación por las redes sociales. Nadie duda de su importancia en la disputa contemporánea del sentido común. Pero confundir presencia digital con proyecto político es otro atajo tentador. Las redes amplifican, aceleran y simplifican; no elaboran por sí solas un horizonte. Creer que "ponerse al día" equivale a dominar los algoritmos es olvidar que la política con proyecto no se agota en la circulación del mensaje, sino en la densidad de lo que se dice. Sin una lectura sustantiva del malestar social y sin una propuesta que lo interprete, la eficacia comunicacional corre el riesgo de convertirse en una estética de la actualización permanente: mucho movimiento, poca dirección. El último refugio de una política sin ideas.

Porque el problema no es solo cómo comunicar mejor, ni cómo priorizar con más realismo. El problema es si todavía se es capaz de ofrecer una idea de futuro que no sea simplemente una versión más ordenada del hoy. Sin esa ambición, el socialismo democrático puede volverse razonable y moderno, pero difícilmente volverá a ser una fuerza transformadora.

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