Territorio y participación

Tenemos un problema. Pese a los altos índices de insatisfacción, pese a las marchas multitudinarias, pese a estar viviendo uno de los momentos más relevantes de nuestra historia reciente, lo cierto es que los chilenos seguimos reacios a involucrarnos en los procesos electorales. Y en esto debemos ser sinceros con nosotros mismos.

Nos embriagamos con la quimera de una “histórica” participación en el plebiscito, teniendo claro que los números nos sugerían que el desafío seguía presente. La épica que estábamos decididos a encontrar (y que conseguimos visibilizando el dato que más nos acomodaba), terminó llevándonos a la evasión de un problema que era evidente.

Pero el domingo pasado chocamos de frente con la realidad. Aunque consideramos que el sistema es impermeable para un ciudadano común, no estamos dispuestos a participar del proceso que, por excelencia, abre las puertas del usual hermetismo, una primaria.

Lo que ha surgido esta semana es interesante. En primera instancia, la agenda estuvo tomada por una lluvia de críticas cruzadas entre el Servel, el ejecutivo y los partidos. Por supuesto, para nadie la ciudadanía era la culpable. Sugerir eso, por estos días, sería impresentable. ¡Pobre del que se atreva a radicar la responsabilidad de la poca participación en aquel pueblo virtuoso!

En cambio, preferimos pensar que la clase política es la que nos debe “reencantar”. ¿Y nuestro rol? Pues sencillamente esperar a ser reencantados. Así de fácil. Quizás, la única manera de sostener nuestra cuota de desidia e individualismo sea convencernos de ese discurso.

Pero dicho lo anterior, resulta evidente que la institucionalidad juega un rol esencial en la mayor o menor participación. Dicho de otra forma, el asumir que el votante tiene una cuota de responsabilidad al no votar, no implica desconocer el desafío al que se enfrentan nuestras autoridades.

Y acá el tema se complica. Probablemente uno de los asuntos más estudiados en las ciencias sociales sea la participación electoral. Tantos serían los elementos que la determinan, que cualquier intento serio de enfrentar el fenómeno debiese ser al menos cauto. Por lo mismo, asumiendo la complejidad del fenómeno, me gustaría resaltar solo una arista: la territorial.

¿Puede el territorio determinar una mayor o menor participación electoral? Pues claro que sí.

Sólo a modo de ejemplo, un reciente estudio publicado por Joshua McDonnell realiza un meta-análisis para determinar si el tamaño de los municipios afecta la sensación de eficacia, creencia de que mi acción produce un cambio en el sistema y la asistencia a urnas.

Parte del argumento es muy sencillo, tanto por un análisis costo/beneficio como por un elemento subjetivo, el votante sería más propenso a participar en territorios pequeños, donde se percibe que el voto importa y que podría hacer la diferencia. En resumen, tanto la eficacia y la asistencia a urnas aumentarían en los municipios chicos.

Más allá de los resultados del estudio, es interesante el argumento que lo justifica. Finalmente, el ciudadano votaría cuando considera, ya sea racional o subjetivamente, que su acción importa. Y allí, la administración sub nacional juega un rol esencial.

En medio de un proceso constituyente, debiésemos tomarnos en serio este debate. Los próximos meses estaremos llamados a repensar nuestra administración del Estado, lo que podría tener relevantes consecuencias en el involucramiento ciudadano.

Más allá de dividir o agrupar circunscripciones y distritos, un desafío prioritario será modernizar y empoderar a los gobiernos locales. Después de todo, la descentralización quizás nos sirva hasta para fomentar la participación.

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