Un gobierno que se queda en la improvisación

Saber gobernar no se aprende en un día. Las autoridades de gobierno están cambiando su discurso. A medida que pasa el tiempo y los buenos resultados no se verifican, cada vez más recurren a la afirmación pública de sus creencias económicas y políticas. Se sustentan más que antes en un acto de fe, porque los logros sobresalientes brillan por su ausencia.

El problema es que quienes les entregaron su voto no lo hicieron porque se volvieran creyentes de unas convicciones que les traen sin cuidado. Esperaban un cambio para mejor en su calidad de vida y eso no lo tienen. Si la mayoría ciudadana está entregando su menor respaldo histórico a un gobierno en sus inicios, la evaluación que realiza la centroderecha, encabezada por Kast luego de haber sido derrotada en la elección presidencial, no es menos crítica.

La desconfianza de que el Gobierno sea capaz de resolver problemas importantes se ha instalado. Eso se expresa en el convencimiento de que ni el tema del empleo está siendo resuelto, ni el crecimiento se está alentando, mientras que la inseguridad cobra nuevas víctimas cada semana incluso entre la policía.

A estas evaluaciones se suma la convicción de que el Presupuesto no está apuntando a mejorar los problemas señalados y que resuelve poco, se implementará lentamente y entregará un impulso muy reducido a la necesaria recuperación económica.

Sin embargo, hay una diferencia importante que se puede constatar en las últimas semanas. No se está dispuesto a esperar pasivamente a que el gobierno de Kast mejore su comportamiento, sino que la presión para producir enmiendas está siendo, en la práctica, más dura en el oficialismo que en la misma oposición.

Lo que se está tomando el debate político del Presupuesto no es una discusión segmentada por sectores, sino su orientación general. Mucho más sentido parece tener presionar por medidas de impacto inmediato en el empleo, como lo hace Paulina Núñez, que el anodino llamado de los parlamentarios oficialistas, como Diego Schalper, a enfrentar emergencias "eficientando el gasto", suponiendo que eso tenga algún sentido práctico y el margen de maniobra exista.

Mucho ruido para tan pocas nueces

Cuando no se tiene claro hacia dónde dirigirse es cuando más actividades se producen en el Ejecutivo para que no se note que nada importante está pasando. La semana pasada se produjo una reunión de los secretarios nacionales de los partidos oficialistas con Kast. Esto tendría mucho sentido si existiera una coalición, si se hubieran definido directrices, se estuviera ejecutando una estrategia compartida y una agenda en plena ejecución requiriera de precisiones finas. Este es un encuentro que se produce sin que nada de esto haya ocurrido. Es un punto al que no siguen otros y demuestra que no es parte de ninguna trayectoria.

Es un gesto demostrativo cuando no hay nada que demostrar. Un día más perdido a la espera de decisiones que no se sabe si se están tomando. Las actividades presidenciales parecen más dedicadas a dar señales de estar controlando la situación que a lograr que ello corresponda a lo que está ocurriendo en la realidad.

Kast habla sin dirimir nunca a tiempo, como recuerda Ximena Ossandón "ya no fuimos coalición" y las decisiones se toman cuando no queda otra.

¿En qué materia el Gobierno está logrando un desempeño destacado? Los últimos días han sido pródigos en emergencias producto de factores climáticos, que son circunstancias en que los gobiernos se muestran necesarios, activos y cercanos a los ciudadanos. Se trabaja y, sin embargo, los elogios son pocos.

Un gobierno de apariencias

La reforma constitucional en seguridad pasó de ser una propuesta radical a otra de salvataje, en que la mayoría se pregunta sobre su necesidad, más que sobre los efectos positivos que pudiera traer. Se partió hablando de un cambio sistémico y se terminó atendiendo aspectos secundarios de efectos dudosos.

De los temas ciudadanos pasamos a ocuparnos de asuntos políticos en una agenda múltiple en la que es difícil descubrir las verdaderas prioridades. Republicanos y libertarios escogieron el momento menos oportuno para presionar por los indultos, pero a pocos les extraña porque cada cual anda con su propia agenda sin que pareciera importar cuánto eco pudiera despertar en los demás.

Lo que nos ha llevado a este punto ha sido la combinación de un discreto desempeño presidencial, ausencia de unidad oficialista, acompañada de una lenta y oscilante capacidad de resolución.

Sea que se mire al oficialismo o a la oposición, se observa una generalizada pérdida de paciencia con el Gobierno. No resulta ser el socio estable de ningún actor en particular y por eso se le presiona para que responda al menos por insistencia. En ausencia de una línea estratégica, el ser traído y llevado por exigencias parciales de los seguidores no resulta ser la mejor opción. No hay coherencia posible si se tiene que responder a tantas demandas desarticuladas.

En este desalentador contexto, resulta de interés la iniciativa tomada originalmente por los senadores Squella, Longton y Araya. Más allá del mérito de su propuesta en materia de seguridad, demostraron que era posible el trabajo conjunto de parlamentarios de distintas posiciones políticas.

Cabe preguntarse qué pasaría si, en vez de ser unos cuantos los que buscan concordar un texto, se buscara un acuerdo estable entre congresistas de las principales corrientes dialogantes. La ventaja más obvia es que se podrían encontrar consensos viables que tendrían coherencia y establecerían un norte pragmático aceptable para sectores representativos.

La distancia entre, por ejemplo, los planteamientos de la presidenta del Senado, con los sostenidos por los principales referentes de las dos bancadas de la oposición no es tanta como para no intentarlo. Ante un déficit de autoridad, tiene que mostrarse un abundante sentido de la responsabilidad.

No hay gobierno que se pueda desentender de un acuerdo amplio y representativo que le permita superar la inacción o las trabas que lo frenan. Se puede pasar de agrupaciones básicas y esporádicas a otras más sólidas y permanentes.

No se sabe de ningún país al que le resulte saludable tener un gobierno que queda sin rumbo a poco de asumir. Un ideologismo extremo que todo lo promete puede ganar una elección, pero no puede entregar un buen gobierno. Por tal motivo, una administración como la de Kast no tendrá continuidad, pues todos se encargarán de marcar distancias para recuperar credibilidad. Hay ocasiones en que el pragmatismo transversal de los dialogantes es la mejor alternativa que, en esta coyuntura, se le puede ofrecer a Chile.