Chile tiene un problema serio con las contribuciones. Pero, por suerte, apareció José de Gregorio para resolverlo en televisión abierta, en tiempo récord y sin necesidad de informes, datos incómodos ni discusiones largas.
Su propuesta es brillante en su simplicidad: si no puede pagar, venda su casa y cómprese otra más chica. Se acabó el problema.
Uno no sabe si reírse o pedir disculpas por no haber entendido antes algo tan obvio. Décadas de políticas públicas desperdiciadas por no haber tenido el coraje de decirle a la gente lo que ahora se les dice de frente: el problema no es el sistema, es usted.
Usted vive mal. Vive donde no debería, en una casa que no le corresponde, en un barrio que el mercado ya decidió que no es para usted. Y como no entendió a tiempo, ahora tiene una oportunidad pedagógica: irse. Mudarse. Reducirse. Ajustarse. Todo muy humano.
La propuesta, además, abre un campo enorme para la política pública chilena:
Pero no nos desviemos. Aquí lo importante no es la frase -que ya es bastante-, sino lo que revela. Porque esto no es un exabrupto. No es un error. No es un mal día. Es una forma de pensar.
La misma que durante años se expresó en voz baja, en seminarios, en papers, en ese tono técnico donde todo parece inevitable. La misma que un exministro de Hacienda de la Nueva Mayoría resumió sin pudor: los impuestos no se discuten. Punto. Ahora tampoco. Solo se ejecutan.
Y si en el camino hay gente que no puede seguir el ritmo, se baja del tren. O mejor dicho: se le invita cordialmente a bajarse. Lo notable es la coherencia: estabilidad macroeconómica, sí; estabilidad de las personas, problema de ellas.
Y todo esto dicho con esa tranquilidad que solo da la certeza de que uno nunca va a tener que aplicar su propia recomendación. Porque ahí está el detalle -el chiste, si uno quiere reírse-: quienes sugieren vender la casa no son quienes la van a vender.
Ellos siempre van a estar en el lado correcto del mercado. Por eso la frase no solo indigna. Provoca rabia. Y también vergüenza. Vergüenza de haber normalizado durante tanto tiempo esta arrogancia vestida de técnica. De haber aceptado que decisiones profundamente políticas se presentaran como si fueran simples ajustes racionales.
Al final, lo que se nos dice es brutalmente simple: si no puedes pagar, te vas. Y eso no es economía. Es una manera de ordenar la sociedad. La misma lógica de un ministro que, en pleno gobierno militar, recomendó a los agricultores que se comieran las vacas. La misma del descriterio de otro ministro, que recomendó a la gente levantarse más temprano.
Tanta arrogancia de arrogantes de cualquier orilla a los chilenos nos tiene saturados.