No es un juego: ludopatía juvenil como problema de salud pública

Hoy, un adolescente puede apostar desde su teléfono antes de entrar a clases, durante el recreo o en la noche desde su pieza. No necesita mostrar carnet, no requiere autorización de un adulto y, muchas veces, ni siquiera dimensiona que está participando en una actividad con alto potencial adictivo. El acceso es inmediato, permanente y prácticamente sin barreras.

Durante años, la ludopatía fue considerada un problema marginal, asociado a adultos y a contextos específicos. Hoy el escenario es otro. La expansión acelerada de las apuestas online, su normalización a través del deporte y una publicidad cada vez más sofisticada han configurado un entorno de alto riesgo para niños, niñas y adolescentes. Pese a ello, el debate público ha sido insuficiente y tardío.

Desde la salud pública, este fenómeno no puede entenderse como la suma de decisiones individuales mal tomadas. La adolescencia es una etapa de especial vulnerabilidad: el cerebro aún está en desarrollo, en particular las áreas relacionadas con el control de impulsos y la evaluación de consecuencias. Exponer sistemáticamente a jóvenes a plataformas diseñadas para ofrecer recompensas inmediatas no es neutro; es una invitación estructural al daño.

Este fenómeno no comienza necesariamente con las apuestas por dinero. En edades mucho más tempranas, niños y niñas ya están expuestos de forma masiva a mecanismos similares a través de redes sociales, videojuegos y plataformas digitales: videos de unboxing, sobres sorpresa, cofres o sistemas tipo gacha, cuyo atractivo se basa en la incertidumbre y la anticipación. Aunque no constituyen ludopatía, estos formatos activan circuitos de recompensa comparables, entrenando desde la infancia una relación con el estímulo basada en la sorpresa, la repetición y la gratificación inmediata. No es casualidad que estas lógicas confluyan luego de manera natural con las apuestas online durante la adolescencia.

Aquí resulta clave incorporar una dimensión que suele quedar fuera del debate: los determinantes comerciales de la salud. La ludopatía juvenil no surge de manera espontánea, sino en un ecosistema construido por modelos de negocio que maximizan las ganancias promoviendo conductas de alto riesgo. Las plataformas de apuestas utilizan estrategias de marketing digital, bonos de bienvenida, notificaciones constantes y estéticas lúdicas que diluyen la percepción de pérdida y refuerzan la repetición. No se trata de excesos puntuales, sino de diseños deliberados orientados a capturar atención y generar dependencia.

En el caso de adolescentes, este impacto es aún mayor. La asociación persistente entre apuestas, deporte, éxito y pertenencia social, transforma una actividad potencialmente adictiva en una experiencia aparentemente inofensiva. La publicidad no se limita a difundir información: moldea expectativas, normaliza prácticas y reduce las barreras de entrada, especialmente en etapas del desarrollo en las que el juicio crítico aún se encuentra en formación.

La evidencia internacional muestra que el juego problemático en jóvenes se asocia a ansiedad, síntomas depresivos, dificultades escolares, conflictos familiares y conductas de riesgo adicionales. A ello se suma un fenómeno especialmente preocupante y poco visible: el endeudamiento precoz, que a menudo se detecta cuando el daño ya está instalado.

Pese a estas señales, la respuesta social y regulatoria ha sido débil. Los mecanismos de verificación de edad son fácilmente eludibles, la regulación no dialoga con la velocidad del entorno digital y la publicidad de apuestas circula sin un marco de protección efectivo para menores. Chile ya recorrió este camino con el tabaco y, más recientemente, con los cigarrillos electrónicos: primero la expansión del mercado, luego la alarma social y, solo al final, la reacción regulatoria.

Abordar la ludopatía juvenil exige cambiar el foco. No basta con campañas informativas ni con trasladar la responsabilidad exclusivamente a las familias o a las escuelas. Se requiere una estrategia integral que incluya regulación efectiva de plataformas y publicidad, protección específica a menores, alfabetización digital y financiera, y sistemas de vigilancia que permitan dimensionar el problema con datos y no solo con percepciones.

Llamar a esto "juego" es minimizar su impacto. Cuando una actividad genera dependencia, deterioro de la salud mental y consecuencias sociales relevantes, deja de ser un asunto privado. La ludopatía juvenil es un problema emergente de salud pública. Ignorarla hoy implica repetir una lógica ya conocida en salud pública: intervenir cuando el daño ya está instalado y no cuando aún es prevenible.

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