Para desarmar el bullying

Pedro tiene 12 años. Llegó a consulta porque su madre, único adulto con el cual vive, está preocupada porque lo nota irascible, inquieto y ha perdido el apetito. También le pregunta más seguido si cuando crezca bajará de peso o de asuntos de calorías. No es un niño obeso, pero seguramente con algunos kilos sobre el peso recomendado, tal como casi el 50% de los niños de su edad. 

Él le ha dicho que no le sucede nada, tratando más bien de apaciguar la angustia de su madre. La ansiedad de esta, es también averiguar si esta cumpliendo bien su rol, entre tantos que conlleva. Piensa que puede ser por la edad. Entrando luego a la adolescencia y con mayor preocupación por su apariencia. 

Pedro ha perdido interés en sus amigos. Su afición son los videos juegos. Le gusta uno de guerra, en donde un soldado “se enfrenta a todos. Le lanzan bombas y encerronas, pero si logra avanzar se hace mas fuerte y no le llegan balas”. Le pregunto: “¿Y cuando te atacan?” Se queda un rato en silencio, como procesando si la pregunta es para él o por el juego. “¿Dónde?”, responde. 

Pedro cursa séptimo básico. Y con la llegada del nuevo año escolar también lo hicieron compañeros nuevos. Siempre le han dicho “el gordo” o “guatón”. Pero este año ha sido distinto. Uno de los nuevos compañeros lo molesta todos los días. Y lo que es peor, sus antiguos amigos parecen haberse aliado al nuevo integrante. Como siempre sucede, nos suelen hacer más daño aquellos que esperábamos que debían protegernos y no lo hicieron, que aquél que nos hizo el maltrato. 

La historia resumida y condensada de Pedro es un ejemplo de muchos. El año pasado la Superintendencia de Educación recibió 4.504 denuncias formales por maltrato a escolares, cifra 13% superior a la del año 2016. 

Pero el relato de Pedro también resume algo que no siempre vemos. El bullying, que ocurre en un mismo espacio de convivencia,  no es una relación entre dos, sino entre tres: el agresor, la víctima y los espectadores.

Sin público no hay este doloroso “espectáculo”. Y en el ciberacoso esto se multiplica. Súmele a este un cuarto actor: los adultos de la comunidad escolar, padres y apoderados, que la mayor de las veces desconocen la situación, hasta que aparecen las primeras secuelas o efectos visibles. 

Algunos adultos señalan que el maltrato, los apodos, los golpes, siempre han existido y que ahora tiene un carácter artificialmente más traumático. Es posible lo primero. Sin embargo hay una diferencia radical que se relaciona con la constitución de nuestra subjetividad: la importancia esencial que adquiere en nuestros tiempos la imagen y la mirada de otros.

Ahora esta última no es solo el continente de nuestro psiquismo, que devuelve nuestra imagen unificada, sino una mirada como el estar permanentemente en una vidriera que desplaza la intimidad hacia lo visible. 

La verdad sobre quiénes somos, más que nunca se juega en la mirada de los otros, y en la auto producción de esas imágenes, hasta el punto de literalmente editarnos. No es posible ocultarse en una intimidad que ya no es algo distinto de lo que se ve. Todo parece jugarse en esa dinámica de conexiones y visibilidad permanente. Y en un adolescente todo esto resulta más crucial. 

Vivimos un tiempo muy distinto en la construcción de lo que llamamos nuestra intimidad. Antiguamente ésta estaba a resguardo. Nuestros pensamientos y emociones eran conocidas casi exclusivamente sólo por nosotros mismos.

El diario de vida no tenía contraseña, sino una llave ante el cual no habían más ojos que los propios posándose. El pudor al ridículo activaba nuestros mecanismos de defensa, ante cualquier excentricidad referida a salir de lo común o llamar la atención.

Hoy todos quieren ser distinto a los demás, aunque paradojalmente terminando por ser iguales.

El facebook es el diario de vida actual, que consigna hasta los más mínimos detalles para atraer las miradas, buscando y contando las aprobaciones (likes). Lo que permanece oculto, reservado, íntimo,  no tiene mucho valor. El yo, ya no se construye o busca ahí, sino afuera. Es la época de la extimidad. 

Todo esto en un tiempo para ellos difícil, que solemos olvidar, el tránsito de la niñez a la adolescencia. En que tienen que dejar sus juguetes y asumir un cuerpo sexuado.

Sería bueno que los adultos les habláramos no sólo de lo maravilloso de esa época, en que “no había preocupaciones”. Solemos exagerar con las felicidades pasadas. Deberíamos contarles también nuestros dilemas, sufrimientos y como sobrevivimos en esa ardua etapa. Lo tan difícil que fue para cada uno. Hablarle de nuestros propios fracasos y no sólo de los éxitos que esperamos de ellos. 

La Superintendencia de Educación recientemente ha emitido una circular indicando la necesidad de establecer protocolos de actuación frente a situaciones de acoso o maltrato escolar, así como de conductas auto lesivas. Esto puede ser una oportunidad de asumir problemáticas como ésta en conjunto, no como un problema privado o patológico, sino como una de las posibles salidas falsas a intentos de adaptación vividos con angustia, de ese momento constitutivo de  infancia-adolescencia.

La angustia si no es puesta en palabras, puede empujar al Bullying, tanto como víctima o victimario y hacer que el grupo; los testigos o espectadores, tomen posición a favor del abusador o se abstengan de intervenir. 

Actividades de promoción y prevención de salud mental, no llega al 10% de nuestros estudiantes, a pesar de indicadores preocupantes a nivel mundial. Recientemente un estudio (World Vision y Universidad de Chile) señaló que el 50% de niños y niñas escolares, entre 12 y 14 años, reconoce haber sufrido algún tipo de maltrato físico y/o psicológico. 

Mejorar la comunicación debe apuntar a promover también el contacto humano, que es lo que permite dilucidar el “sentido” de los acontecimientos, irreductible a los algoritmos o respuestas estereotipadas de las pantallas (“me gusta”, emoticones).

Nuestros intercambios se han escindido entre palabra cuerpo y afectividad. Y esa mediatización de la relación social produce fragilidad psíquica en un momento especialmente sensible, como lo es la infancia y adolescencia. Hemos ido perdiendo la capacidad de cultivar la empatía, que se asegura con la presencia física de otro. 

La voz humana y el encuentro con el otro, siguen siendo la mejor manera de garantizar afectivamente, las  certezas de aquellos que están en su búsqueda.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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