Alabado seas, mi Señor

Estamos celebrando el Día del Hábitat, y para poder hacerlo debemos superar las típicas concepciones que podemos tener respecto a este concepto, a ir más allá de pensar que es algo impulsado por ecologistas que están en desacuerdo con los avances de la técnica

El hábitat es mucho más profundo, alto y ancho; es una invitación a reconocer que todos nuestros sueños, planes e ideas requieren de un terreno para realizarse. Somos seres corporales, aunque también espirituales, que necesitamos de lo corpóreo para alcanzar las metas de nuestra vida.

Así es como se vuelve clave el entorno físico en que vivimos, y que compartimos con otros: las calles, las plazas, los cada vez más escasos árboles, las casas, los edificios, los negocios, etc. Pero también las relaciones que se entretejen entre quienes habitamos dicho entorno, las prácticas comunitarias, las costumbres del barrio y la cultura que se genera de la interacción de un grupo humano específico.

Por ello, el Día del Hábitat es un reconocimiento de que tenemos un hogar, que este hogar es esencial para el desarrollo de toda vida, en sus complejas formas, y que es responsabilidad de todos y todas que este hogar siga en pie. Por otro lado, el Día del Hábitat es también un llamado de atención respecto a la tierra que nos ha regalado, pues “hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla” (LS 2).

Cuando en el relato del Génesis, Dios da su bendición al hombre y a la mujer y les entrega la tierra para dominarla, justamente pensamos que podíamos hacer con ella lo que se nos ocurriera, y no entendimos que se estaba poniendo en nuestras manos todos los medios para que pudiéramos vivir, que Dios no escatimaba nada para que llegáramos a nuestra plenitud.

Algo que tan bellamente sí comprendió San Francisco de Asís cuando, descubriendo que toda la creación era su hermana, expresa con un corazón exultante: “Alabado seas, mi Señor”.

Junto con la degradación de la naturaleza, el Papa Francisco nos ha alertado respecto a una degradación social, la silenciosa ruptura de los lazos de integración y comunión social que se refleja en el crecimiento de la violencia, el narcotráfico, el consumo de drogas en los jóvenes y la pérdida de identidad en nuestros barrios.

Aun podemos cambiar las cosas. En nuestras manos está que podamos cuidar la “casa común”. Qué esta celebración nos despierte el alma, la mente y el corazón para esta bella tarea.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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