Aquí hay un asunto muy grave

A pocos meses de distancia nos hemos enterado de dos tragedias que tienen en común algo que nos debe llamar a reflexionar muy profundamente: el atropello con resultado de muerte protagonizado por Martín Larraín en el sur del país y el atropello con resultado de muerte llevado a cabo, presuntamente, por Andrés Montero, en Maitencillo.

En el primer caso manejando en estado de ebriedad y al parecer lo mismo en la segunda tragedia.

Pero qué es lo que nos inquieta y perturba en ambas noticias, más allá de la no observancia del reglamento que rige para todos como es el no conducir con alcohol en el cuerpo: los dos responsables se dieron a la fuga y no socorrieron a los heridos que se transformaron luego en víctimas.

Este comportamiento tan lejano a la solidaridad humana, tan instintivo de la miseria humana de salvar el propio pellejo y que los demás “ se frieguen”, no es que lo estemos constatando desplegado en personas desinformadas y a la deriva o huérfanos de educación y cultura, para no decir ajenos a los “buenos modales”.

No, aquí hay educación y traspaso de ideales y conductas humanas que debieron estar en la cuna formativa de estos muchachos enfrentados a la vida diaria y que, me temo, no fueron inculcados como la mínima y básica decencia y consideración que nos debe el “otro” ser humano, sobre todo en extremo apremio, como fue el caso en los dos accidentes.

Eso, al parecer, no estaba en el ideario de ambos jóvenes.Ese instinto, que a una inmensidad nos ha aflorado espontáneo con las víctimas del incendio en Valparaíso, en estos dos jóvenes ha estado dramáticamente ausente.

¿Fueron colegios católicos los suyos? ¿Son católicos sus padres?

¿Qué valor tiene verdaderamente la vida del prójimo en el espacio educativo de esas familias?

¿Qué sentido tiene compartir la existencia en un territorio que nos es común?

Son preguntas candentes y muy pertinentes y evocadoras, sobre todo cuando se discuten reformas nacionales quemiran a imaginar nuestro país más solidario e integrado, más allá de la educación, que aunque “privada”, no nos libra de la miseria.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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