Cambiando paradigmas

Lo que ayer explicamos de una manera, hoy lo hacemos de otra. Cada día tenemos más conocimiento, en particular, más conocimiento biológico, sabemos más biología molecular, neurociencias y epigenética, entre otras cosas. Claro, es posible que esos y otros términos relacionados sean del todo desconocidos para algunos y, para otros, términos extraños y, seguramente, considerados reduccionistas.

Pero cuidado, estos nuevos conocimientos se entrelazan en redes dinámicas y complejas, que ameritan evaluaciones dinámicas en contextos espacio-temporales altamente cambiantes. Y, a mis ojos, lo menos que tienen es ser reduccionistas.

Al contrario, son parte de una nueva biología, una suerte de “biología del todo”, donde reconocemos al ser vivo como parte de un sistema mucho más complejo. El organismo no puede existir sino es en un contexto de relaciones dinámicas y coherentes con su entorno. El entorno modifica al ser vivo y el ser vivo modifica a su entorno.

En el contexto planteado, podríamos afirmar que el ser humano es un organismo capaz de autogenerarse y modificarse, elaborando diferentes respuestas adaptivas en virtud de sus relaciones dinámicas con su entorno.

Es decir, lo que está en torno del ser humano, todo lo que le rodea, no solo lo inmediato, sino también lo remoto; no solo lo físico, sino también lo histórico son todos aspectos fundamentales para el desarrollo personal (ontogénico), inter y transgeneracional.

Sin embargo, esto requiere una solución de continuidad, que asegure la capacidad de adecuarse flexiblemente a rápidos cambios ambientales, que posibiliten la elaboración de respuestas adaptativas predictivas de valor evolutivo.

A medida que el conocimiento avanza hemos ido observando como muchas “verdades biológicas” se han ido desmoronando. Así, una “verdad” férreamente defendida por décadas era la creencia que la secuencia del ADN (el texto …ATCGATCATC…), era la única información que heredábamos de nuestros padres.

Se creía que, de no ser que surgieran mutaciones a lo largo de la vida del individuo, que alteraran la secuencia del ADN, los genes que se poseían al nacer marcarían nuestras características de por vida.

Es decir, se pensaba que si poseíamos un gen que nos predispusiese a una determinada enfermedad, irremediablemente deberíamos padecerla. Sin embargo, hoy se sabe que el poder abrumador que creíamos que poseían los genes, siendo importantes, no es lo que pensábamos.

Nuestro ADN puede contener genes que nos predispongan a ciertas enfermedades u otras características, que puede que no las llegásemos a experimentar durante nuestra vida, o que solo llegasen a expresarse ante circunstancias ambientales muy particulares.

Hoy parece claro que factores tan diversos como la dieta, el cariño familiar, estímulos intelectuales, higiene y consumo de alcohol o tabaco, entre otros, determinan de una u otra manera la forma en la que nuestros genes se han de expresar y, con ello, favorecer unos caminos sobre otros en el desarrollo ontogénico de las personas.

Una mezcla de cosas

Un artículo de 2014 nos demostró que los ratones pueden transmitir memorias traumáticas a sus descendencias, memorias que pueden perdurar hasta por tres generaciones. Se ha propuesto que la permanencia de estas memorias a través de las generaciones es debida a mecanismos epigenéticos. Este resultado, sorprendente, ha sido corroborado por otros estudios y no solo en ratones, sino también en humanos.

Los padres pueden transmitir a sus hijos experiencias traumáticas, algo que no va necesariamente en los genes (en el texto). En este sentido, podríamos afirmar que en cada uno de nosotros viajan, de generación en generación, experiencias y traumas que serían relevantes para la adaptación de nuestros descendientes.

Es decir, si yo viví una guerra, es muy posible que mis descendientes también podrían vivir algún conflicto bélico, así esa memoria epigenética (mis experiencias, que corresponderían a los signos de puntuación que le dan sentido al texto) les permitiría adquirir ciertas cualidades que les posibilitaría sobrevivir ante circunstancias tan dramáticas.

Claro, esto sería bueno en la medida que el ambiente no presente cambios dramáticos. Pero, ¿qué pasaría si los padres y/o abuelos han vivido situaciones de conflicto y, en cambio, sus descendientes viviesen en ambientes pacíficos, ausentes de conflictos? En este caso deberíamos esperar algún grado de discordancia entre la memoria epigenética heredada y su vida real, con consecuencias de gravedad variable para los descendientes.

El desafío

Nuestro mundo cambia a una gran velocidad (lo vivimos día a día). Es así como en menos de una década el mundo habrá de ser otro, con otros alimentos, otros estímulos, otros problemas, etc.

Es claro, es muy difícil que podamos entregar información epigenética predictiva adecuada a nuestros descendientes, pues lo más probable es que ellos vivirán circunstancias imposibles que nosotros podamos anticipar vivencialmente.

Solo nos queda ser optimistas y tratar de generar en nosotros programaciones epigenéticas que permita, no sólo a nosotros, sino también a nuestros descendientes, tener mayores posibilidades de éxito y bienestar, en un mundo que tal vez no viviremos y no conoceremos.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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