Casen, pobreza y exclusión: ¿qué problema necesitamos resolver?

En nuestro peregrinar hacia el ansiado desarrollo, la superación de la pobreza se ha transformado en uno de los principales objetivos sociales como país, desarrollando así, importantes políticas públicas que nos han permitido revertir las inaceptables tasas de pobreza e indigencia que teníamos hasta hace más de veinte años. Pero, aún cuando sabemos que existen avances en esta materia, desde hace un tiempo algo se nos ha extraviado en el camino y la batahola en que nos hemos visto envueltos tras los resultados de la Casen 2011, no es más que una ratificación de aquello.

En el Chile de hoy, la pobreza y la exclusión social viven nuevos rostros y complejidades, que no están siendo abordados ni visibilizados por las discusiones y planificaciones públicas.

Los nuevos escenarios se han transformado en emergencias y la principal herramienta (CASEN) para monitorear nuestros esfuerzos como nación, lleva un largo tiempo que no está dando cabal cuenta de la realidad.

Más allá de toda discusión, lo relevante es que la pobreza y la exclusión social viven en el rostro de casi dos millones y medio de chilenos y chilenas. Rostros cuyas condiciones de vida se han hecho cada vez más difíciles de abordar, dónde las problemáticas ya no son sólo la falta de dinero, sino que la suma de otras vulnerabilidades o daños que sin duda hace necesario intervenciones cada vez más especializadas, integrales y complejas.

Expertos, académicos y organizaciones sociales que trabajamos día a día en esta misión y desafío, sabemos insistentemente que la vivencia de la pobreza tiene un carácter multidimensional, que no pasa sólo por la carencia de aquellos bienes materiales de una persona, sino también por las distintas vulnerabilidades que emergen en ella, tales como la denegación de derechos, la desvinculación social y las restricciones para participar plenamente en las distintas actividades de la vida social.

El desafío supremo de una familia que vive la pobreza, no es únicamente llegar a fin de mes con 180 o 200 mil pesos, sino también lograr acceder a las excluyentes oportunidades que entrega nuestra sociedad: no desbarrancarse si el jefe de hogar cae en la cesantía, no derrumbarse si uno de sus seres queridos vive una grave enfermedad… en definitiva creer que todos los esfuerzos tendrán una recompensa justa.

El Informe de Desarrollo Humano en Chile 2012 –desarrollado por el PNUD- ejemplifica estos hallazgos en el siguiente retrato: “La mejor imagen que describe a los chilenos es la del malabarista, que intenta conjugar sus aspiraciones en condiciones a menudo adversas”. Sin duda, para el caso de las personas en situación de pobreza, ese a menudo es un generalmente.

Mientras discutimos, las personas con discapacidad mental, más de 80.000 en el primer quintil, siguen en situación de extrema marginación y discriminación, con pocas – o ninguna- posibilidad de acceder a medicamentos, terapias, trabajos remunerados, o simplemente, a espacios de cuidado digno.

Se trata de personas y sus familias que no sólo se ven afectadas por la pobreza y la pobreza extrema, sino que se enfrentan cotidianamente al doble problema de ser pobres y discapacitados en Chile. Ellos son los nuevos rostros que habitan en la frontera invisible de nuestras preocupaciones como país.

Algo similar ocurre con los jóvenes desertores del sistema escolar, cuyas realidades económicas, familiares y sociales son tan frágiles que permanecer en el sistema se traduce en un desafío infranqueable.

La calle, el seudo-trabajo, los abusos, el consumo de drogas y alcohol muchas veces se transforman en el único destino posible. En nuestro país casi 30.000 niños(as) y adolescentes del primer quintil viven esta situación, ellos en rigor, son sujetos de derechos y, que probablemente, de no mediar una decisión clara a nivel país, quedarán perdidos en las esquinas de muchas poblaciones marginales de nuestras ciudades.

Esto es la tan llamada exclusión social, y porque NO podemos seguir eludiendo esta realidad, debemos entender la pobreza y el ser pobre, crear nuevas herramientas, mirar más allá y trabajar en conjunto; de lo contrario retratos como el que nos muestra el PNUD seguirán reproduciéndose o agravándose en las cifras, los estudios y en la vida cotidiana de millones de chilenos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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