Hay cifras que parecen hablar de economía, pero en realidad hablan de personas. El desempleo y el subempleo suelen aparecer como porcentajes en informes y gráficos. Sin embargo, detrás de cada cifra hay alguien que busca trabajo, envía currículums, asiste a entrevistas y espera una oportunidad que muchas veces tarda demasiado en llegar.
Y cuando esa persona tiene estudios superiores, experiencia y años de esfuerzo detrás, la frustración puede ser aún mayor.
En Chile, el llamado desempleo ilustrado ha comenzado a llamar especialmente la atención. El Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales ha advertido que el desempleo entre personas con educación superior completa se mantiene elevado. Tenemos una fuerza laboral cada vez más educada, pero eso no garantiza encontrar un empleo acorde con esa preparación.
La pregunta, entonces, no es solo cuántas personas están desempleadas. También debemos preguntarnos qué significa emocionalmente estar meses sin trabajo.
Porque buscar empleo tiene un costo. Al comienzo hay esperanza: se actualiza el currículum, se postula, se contactan redes y se piensa que la próxima entrevista puede ser la oportunidad esperada. Pero cuando pasan las semanas y los meses sin resultados, aparecen la angustia, la frustración y la inseguridad. "¿Será que no soy suficientemente bueno?", "¿Será mi edad?", "¿Qué estoy haciendo mal?".
La evidencia internacional muestra que esta relación entre empleo y salud mental no es imaginaria. La OCDE advierte que el desempleo puede aumentar el estrés, deteriorar la autoestima y generar sentimientos de indefensión, especialmente cuando se prolonga en el tiempo.
Chile enfrenta hoy un escenario que merece atención. En el trimestre marzo-mayo de 2026, la tasa de desocupación nacional llegó al 9,4%, mientras que entre las mujeres alcanzó el 10,5%. A esto se suma una tasa combinada de desocupación y tiempo parcial involuntario de 15,8%. Por eso, mirar solo el desempleo no alcanza.
También está quien tiene trabajo, pero menos horas de las que necesita; quien acepta un puesto muy por debajo de su preparación; o quien estudió durante años y termina desempeñándose en un área completamente distinta.
Eso también desgasta. Hablamos mucho de mindfulness, meditación, resiliencia y educación emocional. Todas pueden ser herramientas útiles. Pero debemos evitar convertir el bienestar emocional en una responsabilidad exclusivamente individual.
Una persona puede trabajar su autoestima y aprender a manejar la ansiedad. Pero ninguna técnica de relajación paga el arriendo, la alimentación o la educación de los hijos. El bienestar emocional también necesita bienestar material.
El trabajo entrega ingresos, pero también estructura nuestras rutinas, fortalece nuestra autonomía y nos permite proyectar el futuro. Por eso, cuando falta el empleo, no solamente falta un sueldo: también puede comenzar a faltar la sensación de estabilidad, pertenencia y propósito.
Esto es especialmente relevante para las mujeres, que siguen enfrentando mayores dificultades de inserción laboral. Detrás de ese 10,5% hay mujeres que buscan reincorporarse después de años dedicados a los cuidados, que enfrentan brechas de ingresos o que deben explicar períodos fuera del mercado laboral.
Necesitamos, por tanto, mirar el empleo desde una perspectiva más amplia: crear puestos de trabajo, pero también empleos de calidad; abrir oportunidades para quienes recién comienzan y facilitar la reconversión de quienes necesitan cambiar de rumbo. Y, sobre todo, recordar algo fundamental: estar desempleado no significa ser inútil. Estar subempleado no significa haber fracasado.
A quienes hoy buscan trabajo les diría algo sencillo: no permitan que el tiempo sin empleo termine definiendo quiénes son.
Chile necesita hablar de empleo, pero también de las personas que están detrás de esas cifras. Porque recuperar el trabajo no significa solamente recuperar un ingreso. Para muchas personas significa recuperar tranquilidad, autonomía, confianza y la posibilidad de volver a mirar el futuro.
Quizás esa sea la conversación que nos está faltando: no basta con preguntarnos cuántos empleos estamos creando, también debemos preguntarnos qué tipo de vida estamos permitiendo construir a través de ellos.