Cuando un prejuicio se rompe en la sala de clases

En una sala de clases de Valparaíso, durante un piloto educativo implementado el año pasado en un colegio de la ciudad, un estudiante levantó la mano y dijo algo que sorprendió incluso a sus profesores: "Nunca me había dado cuenta de que estaba metiendo a toda la comunidad judía en un solo estereotipo". No era una confesión dramática ni una denuncia. Era algo más simple -y más profundo-: el momento exacto en que un prejuicio se rompe.

En ese piloto, que utilizó materiales educativos digitales desarrollados específicamente para abordar prejuicios y antisemitismo, más del 90% de los estudiantes logró identificar mitos y estereotipos asociados a la comunidad judía y reconocer cómo estos se reproducen, muchas veces, sin intención de dañar. Para varios, fue la primera vez que se detenían a pensar de dónde venían ciertas ideas que daban por sentadas.

"Esta información me parece necesaria para evitar el odio injustificado", comentó uno de los participantes tras trabajar con los contenidos del programa COAJ. Otro lo expresó desde la curiosidad que se abre cuando cae un prejuicio: "Muy buena experiencia, me da ganas de seguir conociendo más sobre la cultura judía y su identidad".

Estas reflexiones aparecieron entre adolescentes que, como tantos otros, están expuestos diariamente a mensajes simplificados, bromas normalizadas y discursos que circulan sin contexto en redes sociales. Ahí es donde comienza el problema. Los prejuicios no siempre entran al aula escolar como insultos explícitos. Muchas veces llegan como chistes, frases heredadas o ideas vagas que "todo el mundo dice". Pero cuando no se cuestionan, esos atajos mentales pueden transformarse en exclusión, acoso y, en casos más graves, en expresiones abiertas de odio.

En Chile, este fenómeno no ocurre en el vacío. Según el informe Global 100 (2024) de la Liga Antidifamación (ADL), 45% de los adultos chilenos sostiene prejuicios antisemitas significativos. Más de la mitad cree que los judíos tienen demasiado poder en los negocios, y casi 40% considera que el Holocausto ha sido exagerado. Cuando estos imaginarios llegan a los más jóvenes sin mediación ni herramientas críticas, el riesgo es evidente. No solo se perpetúan estereotipos, sino que se normaliza una forma de mirar al otro como un bloque homogéneo, ajeno y sospechoso.

Pero cuando un prejuicio se rompe, algo más también se activa. Reconocer que una idea aprendida es falsa no solo transforma la manera en que un estudiante mira a un grupo específico; cambia, sobre todo, la forma en que se enfrenta a la diferencia en general. Aprender a cuestionar un estereotipo abre la puerta a cuestionarlos todos. Y ese ejercicio -detenerse, pensar y revisar lo que se da por obvio- puede marcar cómo ese adolescente se relacionará con la diversidad de ahí en adelante.

La experiencia en Valparaíso muestra que este ciclo no es inevitable. Cuando se generan espacios guiados para reflexionar sobre cómo se construyen los prejuicios -no desde la culpa, sino desde la pregunta- los estudiantes responden. Entienden. Cambian.
En ese contexto, y a partir de los aprendizajes de este piloto, se lanzó Combatiendo el Odio y el Antisemitismo Juntos (COAJ), un programa desarrollado por ADL junto al Museo Judío de Chile, orientado a trabajar el antisemitismo y otras formas de odio desde la educación temprana. El programa, anunciado en Chile esta semana, busca ofrecer herramientas pedagógicas que permitan abordar estos temas de manera contextualizada, accesible y adaptada a las realidades escolares de América Latina.

Lo verdaderamente significativo es el efecto que estas experiencias pueden generar cuando se integran de manera adecuada en el aula: estudiantes que descubren que repetir un estereotipo no es "inofensivo" y que comprender al otro exige ir más allá de la caricatura.

El odio no aparece de golpe. Se construye lentamente, en frases pequeñas, en risas compartidas, en ideas que nadie se detiene a cuestionar. Y puede desarmarse de a poco, con información, con diálogo y con educación.

Tal vez ese sea uno de los desafíos más urgentes hoy: no solo enseñar contenidos, sino enseñar a pensar. Porque cuando un estudiante logra decir "me equivoqué" y "aprendí algo nuevo", no solo se rompe un prejuicio. Se forma una manera distinta -más consciente y más humana- de habitar la diferencia.

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