El costo de sostener el "deber ser"

Hay mujeres que, vistas desde afuera, no tienen nada de qué quejarse. Cumplen en el trabajo, cumplen en la casa, cumplen como madres, como hijas, como parejas, como amigas que nunca faltan a una llamada importante. Si alguien hiciera una lista de chequeo de lo que se espera de ellas, aprobarían cada casillero. Y sin embargo, muchas describen una sensación difícil de nombrar: la de estar haciendo todo bien y, al mismo tiempo, sentir que en un área o varias de ellos no son suficientes. Es un desgaste de fondo. Y no es una percepción exagerada: es un fenómeno que la ciencia social lleva más de 60 años documentando.

En 1960, el sociólogo William Goode acuñó el concepto de role strain -la tensión que produce sostener simultáneamente las exigencias de varios roles- para explicar algo que hoy suena de una actualidad incómoda: cuantos más roles significativos ocupa una persona, mayor es la probabilidad de que entre en conflicto consigo misma, aunque cada rol, tomado por separado, se cumpla razonablemente bien.

Lo que los datos muestran es que ese desgaste no se reparte parejo. Esta diferencia no es lo revelador. La socióloga Allison Daminger, en un estudio publicado en la revista American Sociological Review (2019), identificó que el trabajo doméstico tiene una dimensión invisible, el trabajo cognitivo, que se divide en cuatro tareas: anticipar necesidades, identificar opciones, tomar la decisión y monitorear que se cumpla. Su hallazgo más incómodo no es que las mujeres decidan menos: en la etapa de decidir, hombres y mujeres participan de forma bastante pareja. El desequilibrio está antes y después: en anticipar y en monitorear, ese trabajo mental constante, silencioso y no remunerado que rara vez se cuenta como trabajo.

Y ahí aparece una primera respuesta a la pregunta de qué no estamos viendo: cuando una mujer "decide" algo como cambiar de trabajo, aceptar un proyecto, decir que sí a un compromiso más, seguir en pareja, etc., esa decisión no nace en el vacío. Llega precedida por semanas de anticipación silenciosa y seguida de meses de monitoreo invisible. Parece una decisión libre, sólo que es una decisión tomada desde el cansancio acumulado de sostener todo lo demás.

Un estudio ya clásico de las sociólogas Shira Offer y Barbara Schneider (American Sociological Review, 2011) midió algo que la mayoría de las mujeres reconoce sin necesidad de estudio: el multitasking. Las madres trabajadoras dedicaban 48,3 horas semanales a hacer más de una cosa a la vez, contra 38,9 horas de los padres. La diferencia no es solo de cantidad: cuando los padres hacían varias cosas a la vez, la experiencia emocional tendía a ser neutra o positiva. Cuando las madres lo hacían, predominaban el estrés y la sensación de conflicto. Multiplicar tareas no cuesta lo mismo para todos. Ese costo tiene un correlato clínico. El Termómetro de Salud Mental ACHS-UC de mayo de 2025 -encuesta representativa de la población urbana chilena, publicada por este mismo medio- mostró que 35,5% de las mujeres declara síntomas de ansiedad, frente a 13,4% de los hombres. En depresión, la brecha es todavía más marcada: 19,5% en mujeres contra 6% en hombres, más del triple. El insomnio afecta al 13% de las mujeres versus 3% de los hombres, y 21,7% de ellas dice sentirse sola, frente a 16,1% de ellos. La Organización Mundial de la Salud lo confirma a escala global en su informe de 2025: las mujeres están desproporcionadamente más afectadas por los trastornos de salud mental que los hombres.

Ninguna de estas cifras mide fracaso. Miden sostenimiento. Miden lo que cuesta, en el cuerpo y en la mente, seguir cumpliendo "hacia afuera".

Aquí está lo que casi nunca se dice en voz alta: ese desgaste no se queda solo en quien lo carga. Se filtra en las relaciones de pareja, en la paciencia con los hijos, en la disponibilidad real y no solo física. Daminger encontró que precisamente esa carga cognitiva desigual, por ser invisible, es una de las fuentes de conflicto de pareja más difíciles de resolver: es complicado pelear por algo que la otra persona ni siquiera puede ver que existe. Se puede cumplir con todos los roles hacia afuera y, al mismo tiempo, estar cada vez más lejos de una misma por dentro.

Esto lleva a una pregunta que vale la pena hacerse con honestidad: ¿Desde dónde estamos las mujeres tomando nuestras decisiones? ¿Desde lo que realmente queremos, o desde los roles paralelos que ejercemos? No es lo mismo decidir desde el descanso que desde el agotamiento, desde el deseo que desde la obligación acumulada. Y cuando la respuesta se repite con demasiada frecuencia "decidí esto porque no podía seguir sosteniendo lo otro" conviene preguntarse qué tan coherente fue realmente esa decisión con la persona que somos y no con "el deber ser".

No hace falta inventar esta inquietud: culturas y creencias muy distintas la vienen formulando hace siglos, cada una desde su propio marco, sin que eso implique adherir a ninguna en particular. El budismo, desde sus textos más antiguos, sostiene que buena parte del sufrimiento (dukkha) nace del apego (upadana), incluido el apego a una identidad fija: aferrarse rígidamente a "ser un rol", la que todo lo resuelve, la que nunca falla es, para esta tradición, una fuente de sufrimiento en sí misma, más allá de si se cumple bien o mal. El taoísmo, por su parte, pone la coherencia en el centro mismo de su enseñanza. El Tao Te Ching de Lao-Tsé habla del ziran, la naturalidad de lo que es simplemente lo que es, sin forzarse a ser otra cosa; y del wu wei, la acción que fluye sin ir contra la propia naturaleza. Para el taoísmo, la incoherencia no es un desliz moral: es, literalmente, ir contra el propio cauce, como un río que se obliga a correr cuesta arriba.

Por su parte, la cultura japonesa documenta desde hace generaciones la distinción entre honne (lo que se siente de verdad) y tatemae (lo que se muestra socialmente): un mecanismo reconocido de convivencia, útil y necesario en su contexto, pero que la propia tradición japonesa advierte que tiene un costo cuando la distancia entre ambos se vuelve permanente. En el catolicismo, la práctica del discernimiento que san Ignacio de Loyola sistematizó en el siglo XVI en sus Ejercicios Espirituales propone algo parecido desde otra orilla: examinar los propios movimientos interiores, lo que llamaba consolación y desolación para actuar desde la verdad de uno mismo y no solo desde lo que se espera o se debe. Cuatro marcos distintos, cuatro épocas distintas, geografías y creencias que no tienen nada en común entre sí. Y, aun así, una coincidencia notable: todos advierten, cada uno a su manera, sobre lo que se paga cuando la vida hacia afuera deja de coincidir con lo que se es hacia adentro.

Nada de esto tiene una solución de una columna. Pero sí tiene un primer paso, y es más simple de lo que parece: dedicar diez minutos honestos a preguntarse desde dónde se están tomando las decisiones de esta semana. No para resolverlo todo. Solo para empezar a verlo. Te propongo hacerlo, escribir en un cuaderno o simplemente detenerte a mirar si estás siendo la persona que quieres ser. Identificar eso no es dócil, pero sí un acercamiento imprescindible para sostener la vida de otra manera y más honesta con "el ser y no el deber ser". El costo de cumplir a todos, solo lo pagarás tú y, en algún grado, también tu entorno por el que tanto te sacrificas.