La empresa como actor social: más allá de la fe

El cardenal Fernando Chomali, arzobispo de Santiago, publicó hace algunas semanas "Carta a los empresarios", que ya circula con fuerza entre gremios y directorios. El subtítulo -"la empresa promotora del bien común"- anticipa su tesis central: la razón última de toda organización empresarial es servir a la persona. Es un documento valiente, no solo por su franqueza al señalar prácticas que "han hecho un daño enorme a miles de personas y a cientos de empresarios honestos", sino porque se atreve a preguntar algo que rara vez se pregunta en voz alta en el mundo de los negocios: ¿Para qué existe realmente una empresa?

La carta está escrita, naturalmente, desde una tradición y un lenguaje específicos: la doctrina social de la Iglesia Católica, las encíclicas de León XIII a León XIV, la referencia a la vocación y al don recibido. Por eso no sorprende que haya interpelado, ante todo, a los empresarios que se reconocen en esa fe. Pero reducir su alcance a ese círculo sería un error de lectura. Lo que el cardenal describe no es una exigencia confesional: es una descripción bastante precisa de lo que, desde hace tres décadas, viene concluyendo -por caminos completamente distintos- la sobresaliente literatura de management y varios grupos de empresarios.

Cuando Chomali cita a Juan Pablo II para afirmar que "la empresa es una sociedad de personas y no sólo una sociedad de capitales", no está diciendo algo ajeno a quienes nunca han abierto un catecismo. Está describiendo, con otro vocabulario, lo que distintos actores han llamado durante años la empresa como comunidad de relaciones antes que como nexo de contratos: un tejido que hay que cuidar y trabajar, no un conjunto de cláusulas que basta con cumplir. La convicción de que "se puede tener balances positivos con personas ofendidas en su dignidad" -y de que eso, pese a todo, es un fracaso- no depende de creer en nada en particular. Depende de entender qué es una empresa.

Ahí está, a mi juicio, el mayor valor de la carta: no exige fe, sino honestidad. Y esa honestidad choca de frente con algo que ya se ha vuelto costumbre en el mundo corporativo: la industria del propósito, esa maquinaria de declaraciones inspiradoras, valores enmarcados en las salas de reuniones y reportes de sostenibilidad que rara vez se condicen con la forma en que realmente se gobierna una organización. El propósito que describe Chomali no es una frase para el sitio web. Es una pregunta incómoda que exige mirar la gobernanza, los incentivos, las jornadas laborales, la manera en que se despide a alguien. "¿Son la dignidad, la comunidad y el bien común temas recurrentes? ¿Están presentes en la planificación estratégica de la empresa?", pregunta la carta. Pocas organizaciones resistirían esa pregunta sin incomodarse.

La carta plantea además tres interrogantes que me parecen el corazón del documento, y que no requieren ninguna adscripción religiosa para sentirse aludido: ¿Qué tipo de sociedad queremos construir a través de nuestra acción empresarial? ¿Qué actitud vamos a tomar frente a los cambios vertiginosos que trae la tecnología?, y si cada uno de nosotros es plenamente consciente de ser un agente decisivo para lograr un mundo mejor, con la responsabilidad que eso implica de cara al futuro. Son preguntas de gestión tanto como preguntas de conciencia. Cualquier directorio, cristiano o no, debería poder responderlas.

El diagnóstico de fondo tampoco es exclusivamente eclesiástico: la irrupción de la inteligencia artificial, el deterioro de la vida social -cada vez más fragmentada-, la desconfianza creciente, un individualismo que se acerca peligrosamente a lo que el papa Francisco llamó "la globalización de la indiferencia". Son fenómenos que cualquier empresario constata todos los días, tenga o no vida de fe. Y frente a ellos, la carta ofrece algo poco frecuente en el debate público: no una posición ideológica, sino un llamado a la responsabilidad. Los empresarios, dice, son actores sociales y, por serlo, tienen responsabilidad sobre el devenir de la sociedad, lo que incluye justicia y humanidad. Y esta realidad se da por condición, no por elección. Por lo mismo, más allá de lo que se reconozca o declare en una misión corporativa, exige una gobernanza con criterio, no solo una administración eficiente.

Quizás la mayor contribución de esta carta está en visibilizar la falta, en tantas organizaciones, de un lenguaje capaz de nombrar lo que está en juego cuando hablamos de trabajo, dignidad y comunidad. Ese lenguaje puede venir de la tradición cristiana, como en este caso, o puede venir de la filosofía política, de la economía institucional o de la teoría de las organizaciones. El origen importa menos que la disposición a hacerse la pregunta.

Por eso vale la pena que esta carta se lea más allá del círculo de empresarios cristianos. No porque haya que compartir sus fundamentos últimos, sino porque sus preguntas -qué sociedad queremos construir, cómo enfrentamos el cambio tecnológico, si somos conscientes de la responsabilidad que tenemos- no le pertenecen a ninguna fe. Le pertenecen a cualquiera que dirija, o trabaje en, una organización que decide todos los días qué lugar ocupa la persona.