Este 7 de septiembre, cuando nos reunimos para celebrar la Tefilá por Chile, hacemos algo especialmente significativo en tiempos en que tantas veces cuesta escucharnos: hablaremos en primera persona plural. No rezamos por un sector ni por una determinada sensibilidad política. Rezamos por Chile entero, por quienes gobiernan y sus autoridades, por quienes creen y quienes no creen, por quienes nacieron en esta tierra y por quienes la escogieron para construir su vida.
Tefilá significa oración, pero en la tradición judía rezar por el país no es una simple formalidad. Su fundamento se encuentra en el libro de Jeremías: "Busquen el bienestar de la ciudad (...) y rueguen por ella, pues en su bienestar hallarán el propio" (Jeremías 29:7). La enseñanza es tan antigua como vigente: nadie puede construir su bienestar al margen del destino de la sociedad en la que vive. El bien común no es una abstracción generosa; es una forma lúcida de comprender nuestra interdependencia.
Siglos más tarde, Pirkei Avot, la recopilación de enseñanzas éticas conocida como "Ética de los Padres", formuló una idea complementaria: "Ruega por el bienestar del gobierno, pues si no fuera por el respeto que inspira, las personas se devorarían unas a otras" (Pirkei Avot 3:2). La imagen es deliberadamente severa porque recuerda algo que a veces olvidamos: las instituciones, las leyes y la autoridad legítima constituyen la infraestructura invisible de la convivencia y la democracia liberal.
Pedir por quienes ejercen autoridad no equivale a darles siempre la razón. La oración no reemplaza el voto, la deliberación democrática ni el escrutinio público. Por el contrario, pide que el poder sea ejercido con prudencia, justicia y conciencia de sus límites. Una democracia necesita autoridades respetuosas de la ley y ciudadanos capaces de disentir sin deshumanizar y defender sus convicciones sin convertir al adversario en enemigo.
En una época en que la conversación pública suele premiar la certeza absoluta y la respuesta inmediata, la oración introduce una pausa. Nos obliga a reconocer que no poseemos todas las respuestas, que ninguna parte representa por sí sola al país completo y que la patria no es propiedad de una generación, una ideología o una mayoría circunstancial. Chile no necesita que todos pensemos igual; necesita que nuestras diferencias no nos impidan seguir reconociéndonos como parte de una misma comunidad.
Este año conmemoramos 120 años de vida judía organizada en Chile y nuestra presencia desde el siglo XV en el país. Por eso, cuando rezamos este 7 de septiembre, no lo hacemos como espectadores ni como huéspedes. Lo hacemos como chilenos, conscientes de que el bienestar de Chile es también el nuestro y de que su futuro nos compromete.
Este día no pedimos que Chile tenga una sola voz. Pediremos que sea capaz de escuchar todas sus voces sin dejar de reconocerse como un solo país. Un país donde la diferencia no anule la pertenencia y donde nadie quede fuera de nuestro horizonte común. Ese es el Chile por el que rezamos: un país escrito en primera persona plural.