Me indigna la indolencia

Estoy escribiendo desde la frustración y la rabia, ninguno es un sentimiento muy noble, pero recuerdo hace 7 años una reunión de la llamada “Mesa de Voluntariado de Emergencia”, que lideraba la ONEMI y la D.O.S.

Yo participaba como apoyo del Área de Desarrollo Social de la FECH, tenía muy poca experiencia, pero escuché presagios que se han ido cumpliendo y que nadie con poder quiso escuchar.

Bomberos planteaba la necesidad de coordinar el voluntariado, de generar estrategias, etc.Fuimos a unas capacitaciones a la ONEMI sobre terremoto, incendios, desastres varios y aprendimos que había mucho por desarrollar, en un país que constantemente enfrenta estas situaciones.

Pero todo quedó ahí, atrapado entre los cambios de autoridades, dificultades institucionales y falta de recursos.Sin embargo, creo que la razón principal de su fracaso, fue que las instituciones del Estado pertinentes, no lograron materializar e institucionalizar el proceso que demandaba la sociedad civil.

Escribo desde la sociedad civil, como una persona que cree en el voluntariado como una forma de acción ciudadana, que cree que este no es solo una etapa de la vida, sino una forma de vida, que debemos ir adaptando a nuestros cambios personales.

Pero escucho al Alcalde de Valparaíso pidiendo que no vengan voluntarios, que no traigan ayuda, y no es porque esté resuelto el problema ni enfrentada la catástrofe, sino porque existe una tremenda incapacidad de canalizar la ayuda y de enfrentar la catástrofe, no sólo desde el punto de vista material.

Ayer llegué hasta un supermercado donde un grupo de voluntarios llenos de convicción, aún consiguen ayuda para los damnificados de Iquique, ya olvidados por la agenda de los medios de comunicación.

Hoy, Bomberos plantea que no se debe volver a construir en los lugares que son abiertamente un peligro, lo cual es del todo razonable.Sin embargo, como alguien le respondió a una connotada periodista “los pobres no elegimos donde vivir”, y tampoco en qué vivir. Pero este no es un problema individual de las familias, sino un problema público, que el Estado debe liderar para resolver.

Más de 2.900 casas totalmente destruidas en su totalidad y 12.500 damnificados, según el último informe entregado por el ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo.

Entonces, surge la disyuntiva ¿cómo enfrentar la emergencia? ¿Construir o no mediaguas en los cerros?

Entiendo la precariedad de las mediaguas, pero no dejo de pensar que estamos entrando al invierno. No dejo de pensar en los albergues y lo inviable que es sostenerlos por todo el invierno.

Creo que las mediaguas son medidas parche, que por la ineficiencia del sistema, la exclusión de estas familias con altos niveles de precariedad y vulnerabilidad, se transforman en viviendas por largas temporadas.

Sin embargo, cuestionar el hacer o no mediaguas, es omitir la realidad individual que enfrentan estas familias. Si esta familia fuera la mía, si esta familia fuera yo, ¿por qué optaría?

Entiendo la disyuntiva. Llenar los cerros de casitas de madera, de los mismos materiales y precariedad que causaron el incendio, no parece una solución sensata.

Dar a dos mil quinientas familias una vivienda de tres por seis metros, en terrenos de nadie, tomados, sin títulos, sin condiciones de seguridad y menos de urbanización.Comparto el análisis de los expertos, el diagnóstico. Pero esto es una emergencia, y se debe abordar como tal.

Son familias en su mayoría vulnerables, sin redes económicas que los puedan sostener, y nuevamente es con dolor, que se debe optar por esas mediaguas, que nos duelen como país.Debemos ser capaces de solucionar ambas cosas, la emergencia y la vivienda definitiva, con medidas de seguridad y planificación urbanística.

Nuevamente debemos creer en el Estado, en las autoridades de turno, solicitando que no olviden a las familias, a las personas, a los seres humanos que están detrás de este desastre y que merecen una vivienda digna. Se acerca la lluvia, el frío y las enfermedades, y no podemos tener a la gente en la calle, menos a los niños. No logro imaginar los albergues de forma permanente.

Este desastre es culpa de una mala política habitacional que se acarrea por décadas, y de la tremenda segregación que tienen nuestras ciudades, de la que nadie se ha ocupado realmente.

Hoy es Valparaíso, mañana podría ser otro lugar, los cuales de forma diaria todos omitimos. No existe una política de vivienda que esté ligada al desarrollo urbano – social de las ciudades en Chile, por lo tanto, la segregación físico – espacial es un tremendo problema a la hora de pensar en construir una sociedad con mayores grados de integración social.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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