País de contrastes: SOS educación

Ya estamos a mitad de año y para nadie es novedad que este 2012 ha sido mucho más tranquilo que el 2011. Las paralizaciones y marchas han disminuido de forma evidente y el movimiento estudiantil, que fue principal motor del descontento social, se ha visto debilitado.

Sin embargo, sabemos que los estudiantes influyeron en varias esferas del quehacer nacional, llegando incluso a plantearnos la idea de modificar nuestro sistema de impuestos para poder inyectar mayores recursos a la educación.

El Gobierno recogió el guante y presentó un proyecto de reforma tributaria, el cual está siendo discutido en el parlamento, recibiendo críticas y apoyo de diversos sectores.

Sabemos que la idea es financiar de mejor forma la educación, sin embargo, los argumentos han ido principalmente orientados a la educación superior.

Debo decir que eso, por decir lo menos, me inquieta muchísimo. Ya he manifestado anteriormente que es necesario que la reforma tributaria tenga el objetivo de financiar también la salud, y lo mantengo. Pero la semana pasada, hubo un hecho que me hizo reflexionar profundamente en relación a los recursos destinados a la educación.

Creo que es absolutamente necesario que tanto el Gobierno, como los empresarios, también pongan atención en la educación para personas con discapacidad, quienes están olvidados por la sociedad y necesitan mucha más ayuda de la que pensamos.

Hace casi un mes, recibí un correo de una asistente social que me invitaba a participar en una campaña de recolección de latas, para juntar recursos para el establecimiento donde trabajaba. En el e-mail describía la conmovedora situación que vive su colegio y decidí ir a visitarlo.

Se trataba de la Escuela Especial Renacimiento de Quilpué, que posee una matrícula de 200 alumnos aproximadamente, quienes sufren diversas discapacidades intelectuales, además de problemas físicos y sensoriales. Vi niños con Síndrome de Down, autismo, parálisis cerebral, entre otras dificultades cognitivas y motoras.

Es fuerte, para alguien que no está acostumbrado, vivir experiencias de este tipo, pero creo que nos acercan a la vida y a realidades necesarias de conocer y de dar a conocer a los demás para conseguir la ayuda necesaria. Además de sus dificultades, estos niños provienen de familias en situación extrema pobreza y vulnerabilidad social, por lo cual sus necesidades son muchísimas.

El panorama es la escuela es conmovedor, pero por sobre todo me llamó la atención la gran vocación y cariño con que los profesores enseñan y cuidan a los pequeños. Si todos pusiéramos el mismo amor con el que trabajan estos profesores, en nuestras labores diarias, nuestro país sería muy distinto.

Pero vamos a lo concreto, estos chicos necesitan sillas de ruedas nuevas, material didáctico, equipo de transporte, más que todo ayuda para la implementación de talleres laborales. La labor que cumple esta escuela es loable, una vez que egresan, los jóvenes entre 18 y 24 años tienen la posibilidad de ingresar a talleres que les sirven para desempeñarse en algunos oficios y ser de alguna forma, aporte para sus familias.

Me comentaron que varios han logrado hacer prácticas laborales en empresas, pero faltan aún muchos recursos y confianza de parte de los empleadores.

Es innegable, en torno a las personas con discapacidad se tejen muchísimos prejuicios, pero pueden demostrarnos que trabajan mucho mejor que personas con capacidades normales. La discapacidad está en nuestras mentes y es increíble lo que estos chicos pueden lograr si se les da la oportunidad de desarrollarse y el apoyo necesario.

A lo largo de mi vida he visto varias empresas que se jactan de realizar Responsabilidad Social Empresarial, creyendo que este valor se realiza a través de la plantación de árboles o la construcción de plazas, sin embargo, la posibilidad de inserción laboral, que es una alternativa concreta de hacer RSE, es ignorada.

Me irrita vivir en un país de tantos contrastes, donde decimos estar en vías de desarrollo, cuando tenemos gente viviendo y educando en condiciones tan hostiles. Mientras el ingreso per cápita es de US$ 15 mil, existen estas realidades tan ingratas y que intentamos esconder.

Es inaceptable que nos acordemos de la discapacidad sólo en diciembre, para la Teletón, y que nos jactemos de ser un país solidario, cuando dejamos que muchísimos niños se eduquen gracias a la caridad.

Sin duda hay algo que debemos cambiar. Hay que abrir los ojos y comenzar a hacer cambios de fondo y no sólo de forma. La educación, para nadie, puede ser de caridad. Es un derecho, independiente de las capacidades o discapacidades que tengamos. Los invito a reflexionar.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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