La demolición del Paseo Bandera ya comenzó. El espacio que en 2017 fue recuperado para peatones bajo la administración del entonces alcalde Felipe Alessandri dejará de ser un paseo peatonal para transformarse en un corredor de buses. La decisión no es menor y tampoco simple.
Porque, si bien priorizar el transporte público es coherente con una ciudad sostenible, hacerlo a costa de eliminar espacio peatonal plantea una tensión profunda: ¿estamos reemplazando una forma de movilidad sustentable por otra o estamos desmantelando un símbolo de ciudad para las personas?
Paseo Bandera fue más que una intervención colorida. Fue un gesto urbano que cuestionó la hegemonía del automóvil en el centro de Santiago. Transformó una vía dominada por el tránsito vehicular en un espacio de encuentro, disfrute y circulación segura para quienes caminan que, no olvidemos, son la mayoría en el centro histórico.
Desde la perspectiva de las ciudades saludables y cuidadoras, el espacio público es un determinante social de la salud clave. Caminar en entornos seguros, contar con lugares para permanecer o disfrutar de un café, estar expuesto a baja contaminación acústica o fortalecer la interacción social implican factores que impactan directamente en el bienestar y la calidad de vida de las personas.
Un corredor de buses puede ser una buena política de movilidad. Pero si su implementación erosiona la habitabilidad del espacio peatonal, el balance urbano se tensiona. La pregunta que emerge es: ¿por qué la planificación urbana nos obliga a elegir entre transporte público y espacio peatonal? El peatón no es un actor secundario en esa ecuación: es el inicio y el fin de todos los viajes, además de ser el actor más vulnerable de la pirámide de la movilidad.
Entonces, eliminar ese espacio o reducirlo no es solo una modificación funcional. Es una redefinición de prioridades urbanas.
Las ciudades más avanzadas no sitúan al peatón al borde de un corredor de buses, sino que lo protegen con distancias seguras, diseño acústico, vegetación y jerarquías claras de prioridad. Entienden que una ciudad saludable no se mide solo en eficiencia de desplazamiento, sino en la calidad del tiempo que pasamos en ella.
Demoler el Paseo Bandera no es cuestionar la importancia del transporte público; se trata de exigir que su implementación no diluya el carácter humano del espacio. Porque una ciudad cuidadora no solo mueve personas: las hace sentir seguras, tranquilas y dignas mientras habitan sus calles. Porque, al final, la pregunta es clara: ¿las ciudades son para y con las personas o no?
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