Articular el emprendimiento científico, urgente "tercera misión" universitaria

Emprender no es un acto solitario, sino un esfuerzo ecosistémico. Ante desafíos sofisticados como el desarrollo de Empresas de Base Científico-Tecnológica (EBCT) o el deeptech, las universidades deben asumir un rol de orquestadoras activas. Esta labor constituye su "tercera misión", a la par de la docencia y la investigación. En la práctica, esto se traduce en gobernanzas flexibles, educación orientada a la creación de empresas y la articulación de redes con actores públicos y privados -incluyendo incubadoras y parques científicos- para transformar el conocimiento en valor económico y social.

El potencial de las universidades en este ámbito no se agota en la creación de spin-offs, patentes o licencias. Su impacto real también se mide en la movilidad de talentos, las colaboraciones informales entre la academia y la industria, y la formación de estudiantes con genuinas capacidades emprendedoras. Sin embargo, existe un obstáculo estructural: las Oficinas de Transferencia y Licenciamiento (OTL) suelen operar bajo lógicas más jurídicas y administrativas que de mercado. Para que la universidad sea una verdadera palanca de innovación, sus mecanismos de transferencia requieren capacidades comerciales, no solo tramitadoras.

Más allá del tradicional spin-off académico, el ecosistema universitario debe potenciar al mismo tiempo, la creación de startups innovadoras que no necesariamente están asociadas a propiedad intelectual de la institución. La evidencia demuestra que estas empresas, cuando operan en sectores de alta intensidad en I+D, experimentan un mayor crecimiento en ventas y logran una mejor integración con sus entornos regionales. Esto no significa que los spin-offs sean menos valiosos, sino que requieren de una inversión sostenida, una relación activa con el mundo comercial y un desarrollo de habilidades de gestión que trascienden la excelencia de sus fundadores, cosas que en Chile aún quedan por avanzar. En el ecosistema emprendedor, el talento científico es necesario, pero insuficiente para sofisticar el deal flow a la velocidad necesaria.

A esto se suma el factor humano. En la mayoría de las instituciones, quienes investigan enfrentan costos de oportunidad altísimos si deciden comercializar sus resultados, pues el sistema tradicional de carrera académica no valora el tiempo dedicado a levantar una startup. Superar estas fricciones exige cambios explícitos en los incentivos, los criterios de promoción y las remuneraciones, además de forjar una relación madura con el sector privado que no subordine la investigación básica a las presiones comerciales de corto plazo.

Chile cuenta con universidades que albergan un capital humano, científico y técnico de primer nivel. Sin embargo, el soporte para las deeptech sigue siendo escaso y fragmentado. Faltan elementos clave: capital paciente, mentores con trayectoria real en EBCT, mercados públicos dispuestos a ser los primeros adoptantes de tecnologías emergentes y redes consolidadas de colaboración académico-empresarial.

Ante este escenario, es vital relevar el rol estratégico de las universidades para transitar hacia un emprendimiento de mayor sofisticación. Como parte integral de su tercera misión, deben consolidarse como orquestadoras del ecosistema de innovación: fortaleciendo sus OTL, alineando los incentivos de investigación con la creación de valor, y actualizando sus indicadores de éxito sin transar su integridad académica. Este esfuerzo no puede ser aislado; debe ir acompañado de políticas públicas que inviertan e incentiven esta transformación, entendiendo que fortalecer la I+D+i+e en la academia es, en definitiva, apostar por el desarrollo sostenible de nuestro país.