Llevo semanas con tres historias dando vueltas en la cabeza. Dos las encontré preparando un panel en TOC Americas, la conferencia de puertos de la región, en Cartagena. La tercera se la escuché a Rick Rubin en un podcast. No tienen nada que ver entre sí, salvo que las tres hablan de lo mismo: cada vez que aparece una tecnología nueva, nos obsesionamos con la herramienta, y la herramienta casi nunca es la innovación. La innovación es lo que alguien decide hacer con ella, y cuándo.
La primera es una caja. El 26 de abril de 1956, un buque reconvertido llamado "Ideal X" zarpó de Newark hacia Houston, con 58 contenedores sobre cubierta. Su dueño, Malcom McLean, era un camionero que no sabía nada de barcos, pero sabía de costos. Según reconstruye el historiador Marc Levinson, cargar un barco a mano costaba entonces 5,83 dólares por tonelada. Con contenedores, 16 centavos. Una caja de acero no tiene nada de brillante. Lo que cambió el comercio mundial fue que McLean entendió que había que rediseñar todo lo demás alrededor de ella: camiones, grúas, barcos, puertos.
La segunda es lo que hizo el puerto que lo tenía todo. A comienzos de los '50, Nueva York era el puerto más importante del mundo, con 283 muelles y medio millón de personas viviendo de ellos. Cuando al otro lado del río, en Nueva Jersey, se anunció un terminal diseñado desde cero para contenedores, la ciudad respondió con un plan de 130 millones de dólares para reconstruir sus muelles. Los de siempre. Más grandes, más nuevos, pensados para la carga que se movía a mano. Y ojo, tenían razón en todo lo que podían medir: sus muelles eran los más activos, su gente la más experimentada, y el contenedor era el experimento de un camionero con un barco viejo.
Entre 1963 y 1976, los días de trabajo de estibadores en Manhattan cayeron más de 90%. Londres cometió el mismo error y entre 1967 y 1981 cerró todos sus docks. Mientras tanto Felixstowe, un puerto tan irrelevante que nadie lo tomaba en cuenta, se convirtió en el más grande del Reino Unido. En parte porque no tenía nada que proteger.
La tercera es de música. En los '60, Vox lanzó un pedal de guitarra, el wah-wah, y se lo pasó a varios músicos para que lo probaran con un argumento de venta bastante raro: tu guitarra va a sonar como un trombón. Johnny Echols, guitarrista de la banda Love, lo tiró a la basura. Si quería sonar como trombón, aprendía trombón. Un año después fue a ver a un guitarrista nuevo del que todos hablaban, un tal Jimi Hendrix. Cuando salió al escenario, Echols reconoció a Jimmy James, el chofer de Little Richard, al que le habían pasado el mismo pedal. Había pasado ese año aprendiendo a tocarlo. Su sonido entero estaba construido sobre la caja que Echols botó.
Vox no sabía para qué servía su propio pedal. Lo descubrió un usuario. Eric von Hippel, profesor del MIT, lleva décadas documentando que buena parte de las innovaciones importantes no nacen de quien fabrica la herramienta sino de quien la usa. No es una anomalía, es la regla.
Cambien caja, muelle o pedal por inteligencia artificial y las tres historias se cuentan solas. Los proveedores de IA son Vox: la venden con la promesa de la eficiencia porque tampoco saben bien para qué sirve. Muchas empresas son Nueva York: le ponen IA encima a los procesos de siempre y esperan un resultado distinto. Y muchos ejecutivos son Echols: la prueban, les devuelve algo mediocre y la guardan en un cajón, convencidos de que no sirve para su industria.
Me toca ver esto seguido. La conversación llega con la solución ya elegida: hagamos un chat, usemos IA. Casi nunca llega como veamos el problema y pensemos cómo lo rediseñamos. Y eso, aunque suene moderno, es reconstruir el muelle viejo con más plata.
Para Chile hay algo poco habitual en todo esto. Históricamente llegamos a las tecnologías cuando el manual ya está escrito. Con la IA el manual no existe todavía, y un gerente en Santiago tiene las mismas herramientas que uno en San Francisco, al mismo precio, el mismo día. Lo único que no tiene garantizado es el tiempo de práctica. Y ese tiempo, como lo aprendió Echols, no se compra después.
Felixstowe no tenía nada que proteger. Jimmy James no tenía nada que perder. Los dos tomaron lo que otros descartaron y se quedaron con el futuro. Hoy la pregunta para cualquier empresa chilena no es si va a usar inteligencia artificial, porque ya la está usando. Es cuál de los tres va a ser.