Los temporales de estos días en Santiago, con el aluvión en San Carlos de Apoquindo y los anegamientos en varias comunas, dejan una pregunta pendiente: ¿Podemos anticipar no solo cuándo lloverá con intensidad, sino también qué quebradas, calles y barrios se inundarán?
En parte, sí. Hace décadas que existen modelos hidrológicos, estadísticos y de aprendizaje automático que relacionan la lluvia con las características del terreno y con la evolución de los caudales. Las imágenes satelitales, los sensores remotos y los modelos digitales de elevación permiten además identificar dónde el agua se acumula o corre más rápido. Son herramientas que ya se usan a diario en otros ámbitos.
Pero pronosticar lluvia no es pronosticar una inundación. La misma tormenta puede ser inofensiva en un lugar y devastadora en otro, según caiga sobre una quebrada empinada, un barrio en una depresión natural o una zona urbana con colectores insuficientes. Pesan también la lluvia de los días previos, el estado del suelo, la vegetación y lo que se haya alterado en el territorio.
El aluvión de Quebrada Honda lo muestra bien. Según un análisis del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), coincidieron precipitaciones intensas y concentradas, condiciones atmosféricas excepcionales y cambios previos en la cuenca, entre ellos los efectos de un incendio a fines de 2025. La lluvia de esa tarde no basta para explicarlo.
Por eso, un sistema de predicción necesita datos históricos y geográficos de cada lugar, incluidas las diferencias entre estaciones. Una quebrada puede estar inactiva durante años y reaccionar con violencia cuando se juntan una lluvia poco frecuente y un suelo en mal estado.
La literatura científica indica que es factible construir modelos que combinen información espacial y temporal. Algunos estiman cómo avanzará una inundación en distintos puntos del territorio y entregan pronósticos con rapidez. Hay, sin embargo, un límite: en cuencas pequeñas los procesos pueden desarrollarse en pocos minutos y con frecuencia faltan instrumentos de medición.
Para Chile, un paso razonable sería sumar a los pronósticos meteorológicos generales estimaciones probabilísticas de inundación en los sectores vulnerables. Nadie podría asegurar que una calle estará bajo el agua a cierta hora. Sí se podría indicar qué lugares corren más peligro y con cuánta anticipación conviene actuar.
Aun así, una predicción correcta sirve de poco si la alerta no cambia lo que hace la gente. Una revisión de la literatura internacional señala que la variedad de colores, categorías y mensajes de los sistemas de emergencia dificulta entenderlos, y que también influyen la confianza en las alertas y la claridad de las instrucciones. Un estudio de 2021 en Alemania, con más de 4.000 casos de daños por inundaciones encontró que las alertas solo reducían de manera significativa las pérdidas económicas cuando las personas ya sabían qué hacer. Además, hay experimentos que muestran que los mensajes que describen las consecuencias concretas de una inundación llevan a más gente a protegerse que los que solo informan del peligro.
Para nosotros, esto significa que avisar de "precipitaciones intensas" no alcanza. La gente necesita saber qué sectores están expuestos, qué podría ocurrir y qué debe hacer. Eso exige información más precisa y mensajes claros, que lleguen a tiempo.
También hay que medir los resultados. ¿Cuántas alertas se anticiparon a una situación peligrosa y cuántas fueron falsas alarmas? ¿De cuánto tiempo dispuso la gente para reaccionar? ¿Qué proporción entendió el mensaje y se protegió? Sin esas cifras no sabremos si estamos mejorando.
Los episodios de octubre muestran además que el riesgo no se limita a la precordillera. Los anegamientos en San Bernardo, Maipú, San Miguel y otras comunas indican que el drenaje urbano requiere modelos y medidas preventivas propios de cada territorio.
No podemos evitar las lluvias extremas ni asegurar que todos los aluviones se anticiparán. Sí podemos conocer mejor los lugares vulnerables, usar ese conocimiento para decidir y evaluar de forma sistemática si las alertas funcionan. Pronosticar mejor la lluvia es solo el primer paso; lo que importa es anticipar sus consecuencias y darle a la gente una oportunidad real de protegerse.