Hay emergencias que nos remecen y movilizan. Un aluvión en Las Condes, con sus calles anegadas y sus casas dañadas, convoca a todos los medios y a todas las autoridades en cuestión de minutos. Pero hay otra emergencia silenciosa. Ocurre puertas adentro, en departamentos silenciosos donde un adulto mayor pasa días sin cruzar palabra con nadie. No hay cámaras, no hay titulares, pero también destruye vidas. La primera exige reacción inmediata; la segunda, una respuesta sostenida en el tiempo que hoy, como país, no estamos dando.
La semana pasada, el aluvión que afectó a Las Condes reabrió un debate necesario: la necesidad de contar con voluntarios capacitados y organizados para responder ante catástrofes. Es una señal de madurez cívica. Pero sería un error reducir el voluntariado a su dimensión reactiva. Porque el mismo impulso que moviliza a miles de personas cuando el barro entra a las casas es el que, en tiempos de calma, podría sostener compañía a quienes viven en soledad no deseada. En Chile, casi 1,5 millones de personas declaran sentirse solas de manera persistente. Esa es también una emergencia, aunque no salga en la televisión.
Hace unas semanas, tuvimos la oportunidad de participar en la Mesa de Diálogo y Trabajo por la Vinculación y el Acompañamiento, convocada por la primera dama, María Pía Adriasola, un espacio que reunió a autoridades y organizaciones de la sociedad civil para abordar las consecuencias del aislamiento y la soledad. Allí pudimos compartir como Fundación Trascender la evidencia que hemos acumulado en 25 años de trabajo: el voluntariado, cuando se ejerce con estructura y continuidad, no solo genera bienestar emocional, sino que fortalece la cohesión social y la confianza en las instituciones.
En Chile seguimos tratando el voluntariado como una suma de gestos aislados, no como una estructura social permanente. Cuando ocurre un aluvión, improvisamos. Cuando hay una persona mayor sola, confiamos en que alguien, en algún lugar, la visite. Pero la evidencia muestra que las redes informales se agotan y que la buena voluntad, sin articulación, se dispersa.
Construir y visibilizar esa infraestructura social significa reconocer que el voluntariado ya está sosteniendo, en la sombra, una parte del tejido que ni el Estado ni los privados por sí solos alcanzan a cubrir. Significa prepararlo, generar un espacio que facilite las conexiones y reconocer este ejercicio como un espacio informal para el desarrollo de competencias y conciencia cívica. Significa, en definitiva, dejar de tratar el voluntariado como un recurso de emergencia y empezar a gestionarlo como una red de soporte que puede responder a un aluvión que arrasa una comuna, a la necesidad de conexión de los niños y niñas, a la participación ciudadana de las juventudes, al propósito para los profesionales, a la inclusión de las personas mayores en nuestra sociedad y a tantas otras emergencias silenciosas.
La mesa de diálogo convocada por la primera dama es una oportunidad para avanzar en esa dirección. Pero el desafío no es de una sola institución ni de un solo gobierno. Es de todos quienes entendemos que una sociedad resiliente no se mide solo por su capacidad de reaccionar ante lo que grita, sino por su decisión de actuar a tiempo ante lo que susurra. Porque cuando el voluntariado se reconoce, se articula y se sostiene, puede ser un gran mecanismo preventivo y movilizador. Deja de ser un paliativo que solo nos otorga la sensación de hacer las cosas bien, para transformarse en una estructura que articula y sostiene.